viernes 23 de agosto de 2019 - 12:00 AM

La política farsante

El único antídoto ante la farsa en que convertimos el ejercicio del debate público seguirá siendo la argumentación inteligente.
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Columna de
Santiago Gómez

Empezó la campaña electoral y las dinámicas se repiten. La política en Colombia se volvió cada vez más previsible. Salvo muy contadas excepciones, el ejercicio de promover una candidatura se convirtió en una aburridora e insulsa estrategia de vociferar lugares comunes: más empleo, más salud, mejor educación y más seguridad para todos. Promesas obvias para un país que quiere mejorar pero que, si no elegimos de manera inteligente, volverá a quedar en manos de aquellos que prefieren mejorar a costa del país.

El ejercicio de la política se redujo, quizá bajo el imperio de la inmediatez generada por las redes sociales y una sociedad que sigue queriendo estar informada, pero a la que le cuesta mucho pensar sobre la información que recibe, a recitar una serie de propuestas (muchas de ellas que no son ni siquiera financieramente realizables) y a defenderse de acusaciones de los contrincantes.

Propuestas de fondo, disruptivas, ejecutables en períodos de tiempo consecuentes con aquellos que la ley determina, muy pocas. Hacer campaña es hoy recurrir al ejercicio descalificador del oponente y sus copartidarios. Categorías como la manida independencia o la cada vez menos frecuente disciplina partidista, fundamentales para el correcto funcionamiento de los sistemas democráticos modernos, se diluyeron en lo que hoy es un baile de alianzas que son programática y axiológicamente insostenibles en el corto plazo.

Las campañas políticas siguen siendo en este país una competencia transaccional que compromete conciencias para favorecer intereses individuales, no la exposición y confrontación pública de ideas para solucionar eventualmente problemas sociales. Cuentas falsas en redes sociales, sospechosos perfiles con menos de veinte seguidores que coordinadamente eligieron habitar el ciberespacio en época preelectoral son signos de que el valor de la información política, en el sentido amplio de la palabra, está devaluándose cada día más.

Por todo lo anterior, seguiré insistiendo, el único antídoto ante la farsa en que convertimos el ejercicio del debate público seguirá siendo la argumentación inteligente, el conocimiento al servicio de la deliberación, la cualificación de la información que consumimos y difundimos. Hay que pensar más y mejor. Hay que votar más y mejor.

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