viernes 17 de mayo de 2019 - 12:00 AM

La tormenta perfecta

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Columna de
Santiago Gómez

Este país se debate entre las declaraciones, enfrentamientos y los desplantes permanentes entre los dos extremos del espectro político y las cosas parecen no van a cambiar. La renuncia del Fiscal General motivada supuesta o parcialmente por el fallo de la JEP ante la solicitud de extradición de Santrich desató un nuevo enfrentamiento entre derecha e izquierda, calentó el ambiente político a pocos meses del inicio formal de la campaña electoral para regionales y atizó la polarización, la aparentemente irreconciliable pelea entre diestros y siniestros.

Lo cierto es que solo en las próximas semanas o meses entenderemos las verdaderas motivaciones de la sorpresiva renuncia de Néstor Humberto Martínez, cuando se avance en procesos que cuestionan su accionar en torno a Oderbretcht o debilitan argumentativamente sus luchas frontales en casos como el de la JEP y los Acuerdos de Paz. Solo en las próximas semanas podremos determinar si Duque es o no el presidente y qué tanta autonomía tiene frente a, por ejemplo, la definición de la nueva terna para ocupar el cargo que deja el cuestionado funcionario.

Ante aquello a lo que ineludiblemente nos enfrentan estas dos decisiones: la no extradición de Santrich y la renuncia de Martínez, es a un escenario caldeado para el ejercicio de lo público en una coyuntura especialmente delicada como las elecciones regionales. Muchos le sacarán provecho político tanto a lo uno como a lo otro. Muchos soportarán sus discursos de campaña en el ejercicio deliberado de seguir echando gasolina a la hoguera, las campañas seguirán cargando el lastre ya aburridoramente frecuente del Sí y el No. Acuerdo o no Acuerdo. Esta u otra paz. La paz de Santos o la de Uribe.

Nada más atomizador de las comunidades políticas que un enfrentamiento permanente entre extremos. Nada más perturbador de las dinámicas democráticas modernas: cuando son ellos los que tienen el megáfono, las democracias corren el riesgo de convertirse en autocracias. Cuando no es el centro una voz altisonante que media entre las expresiones válidas, pero no necesariamente protagónicas de las incendiarias periferias, la democracia es un modelo terriblemente frágil. Hay que recuperar la “tibieza”.

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