viernes 08 de marzo de 2019 - 12:00 AM

La universidad en crisis

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Columna de
Santiago Gómez

La principal labor de la universidad y del sistema educativo no es que el estudiante aprenda, sino que entienda el mundo que le rodea y sea mejor ciudadano, que sea más crítico, que sueñe un proyecto de vida alcanzable y útil para la sociedad. Así empezó su charla Julián de Zubiría Samper en la UNAB el día de ayer.

“Lo que ha cambiado en el mundo se resiste a cambiar en la universidad”, continuó. De esa manera sentó su posición crítica frente al histórico conservadurismo férreo de una institución cuyo fin debe ser preparar a los individuos para una mayoría de edad libre y autónoma, contradicción que desilusiona al evidenciar que pocos colectivos son tan resistentes al cambio como el de los docentes. Un llamado, casi desesperado y muy desesperanzador por lo crudamente acertado, a que las universidades abandonen el camino de la hiperespecialización y regresen a la senda de los estudios generales interdisciplinares.

De esa realidad se desprende la paradoja según la cual cada día sabemos más, pero pensamos menos. Paradoja que se resuelve pasando de la mera transmisión de conocimiento al desarrollo de pensamiento útil. Triste realidad que cohabita con otra según la cual la universidad sigue en deuda con la sociedad porque simplemente la ignoró o dejó de lado la formación ética intencional diluyéndola con estrategias de transversalidad que no siempre surten efecto en la capacidad efectiva del ciudadano para comportarse mejor en sociedad.

Los docentes fracasaron también, porque no se dieron cuenta de los cambios contextuales a tiempo, o sí, pero los ignoraron por comodidad, para mantener unas zonas de confort que los mantienen también aferrados a la creencia medieval según la cual el profesor ilumina la atrevida oscuridad de sus alumnos.

La educación superior debe cambiar y la revolución debe ser disruptiva e inmediata. Las necesidades sociales (las colectivas, pero también las individuales) se modificaron porque el mundo cambió. Los docentes deben variar sus metodologías, en algunos casos los contenidos que transmiten y en otros la actitud pretenciosa de creerse incuestionables desde otras orillas del conocimiento.

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