viernes 25 de septiembre de 2020 - 12:00 AM

Legados

En noviembre se decidirá en las urnas cuál legado prevalece en una sociedad al límite, altamente polarizada y fuertemente dividida en torno a la visión que tienen de lo democrático.
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Columna de
Santiago Gómez

Estados Unidos es un país de contrastes. Casi simultáneamente el país rinde homenajes masivos a Ruth Bader Ginsburg, que luego de su muerte dejó un legado de defensa de las libertades y de lucha incansable por la igualdad en momentos en que tanto las unas como las otras se han visto atacadas por un gobierno que esta semana, en cabeza de su presidente, es capaz de dejar claro públicamente que no se compromete a garantizar una transición pacífica del poder ejecutivo después de las elecciones de noviembre.

En Estados Unidos, los hechos de este mes demuestran -porque aún hay gente que no lo tiene claro- que es más probable que una abogada octogenaria se convierta en un ícono cultural que movilice las identidades grupales de generaciones nacidas cuando ella ya tenía más de sesenta años, a que un empresario narcisista, megalómano, manipulador, egocéntrico, racista y misógino sea reconocido como garantía de defensa de los más elementales principios democráticos cuando ejerce la presidencia.

RBG deja un legado de humanismo, materializado en la búsqueda de respeto igualitario. Mientras ella desarticuló los estereotipos de género, Trump soportó su comportamiento durante estos largos años de su mandato, en su grosera y medieval reiteración: la mujer objeto sexual, la mujer condenada a la inferioridad.

RBG, disidente valiente y firme, ejerció el derecho desde el respeto y fue siempre capaz de relacionarse constructivamente con sus más arduos contendores. Trump, por su parte, no ha demostrado ser capaz de trabajar asertivamente ni con sus más cercanos amigos. Mientras la magistrada actuaba siempre de manera respetuosa con las instituciones, el presidente, a quien ella criticó abiertamente durante la campaña, incluso excediendo las competencias de su dignidad, pisoteó y despreció, amenazó y minimizó la necesidad de una institucionalidad fuerte y legitimada como contrapeso a sus arbitrariedades y caprichos.

En noviembre se decidirá en las urnas cuál legado prevalece en una sociedad al límite, altamente polarizada y fuertemente dividida en torno a la visión que tienen de lo democrático. Las encuestas dicen hoy que la era Trump será tan solo un penoso paréntesis en la historia política de Estados Unidos.

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