viernes 23 de julio de 2021 - 12:00 AM

Lo que dice la sangre

Aquí no hay delito de sangre, afortunadamente, pero hace mucho se desvaneció la responsabilidad moral en el ejercicio de lo público.
Escuchar este artículo
Image
Columna de
Santiago Gómez

En Colombia no existe el delito de sangre, es decir los vínculos familiares con criminales confesos o condenados no constituyen en sí mismos un delito. Pero eso no significa que de esas relaciones no se deriven cuestionamientos éticos fundamentados.

Por ejemplo, ¿ustedes irían a consulta donde el hijo médico de un cirujano plástico juzgado por malas prácticas que llevaron a la muerte a varios de sus pacientes? No creo. Si bien al hijo no se le puede automáticamente endilgar un comportamiento similar al de su padre irresponsable, nadie, pudiendo ir a donde otro médico, preferiría en sus cinco sentidos al hijo del comprobado asesino que a un médico sin tacha en su árbol genealógico.

Jennifer Arias, la recién nombrada presidenta de la Cámara de Representantes, es hermana de un narcotraficante confeso e hija de un condenado por homicidio. Nadie, en sus cinco sentidos debería haber considerado que alguien así era la mejor opción para ocupar dignidad semejante -aunque no sea un delito ser hijo de un asesino que cumplió condena de 40 meses por ello-. Gracias a la intermediación de Arias, además, los aviones de la empresa Llanera de Aviación, investigada por la Fiscalía derivado de sus vínculos al narcotráfico, prestaron servicios a la campaña del actual presidente.

Como dijo Óscar Collazos, estructuralmente nadie en Colombia quiso aceptar la vergüenza de haber visto prosperar a las manzanas podridas de su patio familiar y por el contrario -esto ya lo digo yo- nadie asumió que la convivencia moral con familiares incómodamente condenados por la justicia y la connivencia con conductas condenables en las mesas de nuestras casas, mereció el rechazo de quienes prefirieron mirar para otro lado antes de rechazar públicamente las conductas de sus cercanos para recuperar una autoridad moral golpeada.

Aquí no hay delito de sangre, afortunadamente, pero hace mucho se desvaneció la responsabilidad moral en el ejercicio de lo público. Este país se está desparramando por los extremos peligrosos de una sociedad polarizada que desde hace mucho normalizó la política que defiende intereses individuales, a costa de la dignidad de lo intachable.

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
Otras columnas
Publicidad
Publicidad
Publicidad