viernes 20 de noviembre de 2020 - 12:00 AM

lota vez

Colombia -no solo como gobierno, sino como nación- tiene la responsabilidad inaplazable de atender al Chocó, a La Guajira, al Amazonas, a miles de ciudadanos que deberían lidiar con estas tragedias con mejores armaduras.
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Columna de
Santiago Gómez

Un huracán nos enfrentó a realidades que seguramente pronto volveremos a ignorar: las injusticias generadas por un Estado incapaz de administrar sus territorios, las infames consecuencias de la acelerada degradación del medio ambiente y las corruptelas regionales que acaparan para sí los recursos públicos, en detrimento de una población siempre desprotegida y a merced de los hampones de cuello blanco.

Lo ocurrido en San Andrés y Providencia el fin de semana pasado no es una calamidad azarosa generada por la naturaleza incontrolable. Nunca a estas alturas del año, cuando la temporada en la que normalmente se dan estos fenómenos ya está a punto de finalizar, un huracán de tal magnitud y poder había tocado tierra. Los complejos sistemas que determinan el clima en el mundo se modificaron por la actuación del hombre y los efectos que de sus comportamientos se derivan. El calentamiento global podrá no existir para los hasta ahora inquilinos de la Casa Blanca y algunos otros loquitos que se niegan a reconocerlo, pero es una realidad científicamente demostrada que amenaza con la subsistencia de muchos.

Lo ocurrido en San Andrés no solo es una mala jugada de un destino impredecible. Es también consecuencia de la incapacidad de un Estado que ha sido históricamente responsable de abandonar a las regiones. Uno que acostumbra a recordar la periferia solo cada cuatro años cuando tiene votos por reclamar. Colombia -no solo como gobierno, sino como nación- tiene la responsabilidad inaplazable de atender al Chocó, a La Guajira, al Amazonas, a miles de ciudadanos que deberían lidiar con estas tragedias con mejores armaduras.

Lo que pasó el puente no solo es eso. Es también lo que sucede en países con élites corruptas que se mecen en la comodísima hamaca de la corrupción y nos empobrecen con tal de tener más tierra, más lujos y más poder sin importar las consecuencias que sobre otros eso pueda tener.

Ahora nos toca salir a los ciudadanos a defender a nuestros compatriotas de dichas inequidades estructuralmente groseras. Donemos, ayudemos, pero principalmente y de una vez por todas, empecemos a votar mejor.

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