viernes 03 de diciembre de 2021 - 12:00 AM

Otro año perdido

La indignación de puertas para adentro seguida por saluditos hipócritas en reuniones de alto turmequé es ofensiva. Santander necesita una revolución política.
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Columna de
Santiago Gómez

La política en Santander volvió a perder el año. Los escándalos fueron el común denominador de un 2021 que destacó por poner en el centro del huracán a corruptos.

Los clanes y sus tentáculos, las votaciones irregulares que llevaron a la Contraloría a quienes ya han sido investigados por actuaciones irregulares, las sillas vacías ocasionadas por una bancada que huye y hace lo que sea para eludir sus responsabilidades políticas y fiscales, a costa de miles de millones de pesos que desaparecen sin explicación.

Pero esa gente no llegó allí por puro compromiso o por el deseo auténtico de hacer el bien. Alguien los eligió o alguien dejó de votar por candidatos probos que pudieron haber hecho un papel honroso en representación de la política local y regional.

La indignación de puertas para adentro seguida por saluditos hipócritas en reuniones de alto turmequé es ofensiva. Santander necesita una revolución política, una nueva cultura que nos lleve a entender que el departamento no lo podemos seguir dejando en manos de personajes cuestionados para que sigan haciendo un uso inadecuado de nuestros recursos.

Desde ya, necesitamos un ejercicio electoral que castigue a quienes durante décadas han hecho que de las urnas emane un olor cada vez más nauseabundo.

Cada día el devenir de la política en Santander amplía la lista de los no elegibles. Hoy, es evidente -una vez más en algunos casos- que Luis Eduardo Díaz Mateus, René Rodrigo Garzón Martínez, Marggy Carolina Rangel, Hugo Andrés Cardozo Rueda, Anabel Tarazona, Alexánder Medina Sosa, Mauricio Mejía y Nakor Fernando Rueda, que eligieron nuevo Contralor, no entienden la política como un ejercicio que debe atender la solución de problemas comunes, sino como un simple juego aritmético donde lo que prima es el interés individual, con base a burdas transacciones en las que se favorece a un entorno reducido de cercanos cómplices.

Santander es lo que es, a pesar de su clase política. Pero también, de no darse un cambio sustancial en la forma de entender lo político y lo público, merecemos seguir siendo una cloaca más del sistema que perpetúa la corrupción en este rincón del continente.

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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