viernes 17 de septiembre de 2021 - 12:00 AM

Otro país

Un país que no se oye se convierte, como Colombia ha evidenciado, en un país violento, porque la violencia es en muchas ocasiones la desesperación del silenciado.
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Columna de
Santiago Gómez

El periodismo debe dejar de pensar que es quien le da voz a quienes no la tienen. En Colombia todos tenemos y hemos tenido voz, muchos incluso llevan años gritando. El periodismo debe dejar de ser megáfono y convertirse en audífono. El problema de esta sociedad es que no reconoce que todos tenemos voz, pero principalmente, que no todos tenemos oídos. El lío no es que no hablemos, el problema es que nos hacemos convenientemente los sordos.

Por ello, el periodismo debe abrir oídos, no necesariamente bocas. Y eso exige un posperiodismo comprometido social y políticamente. Pero no políticamente en el sentido de defender, como ha sido tradicional, los intereses de algún partido, sino en el sentido de visibilizar lo público, de permitir que se oiga lo social. Un periodismo que promueva el logro de intereses comunes y no necesariamente individuales o de colectivos excluyentes.

El problema, en términos generales, de una sociedad como la colombiana, es que históricamente se ha preocupado excesivamente por amordazar opiniones que atentan contra los privilegios de los poderosos. Por eso es una de las más desiguales del mundo y también por eso los potenciales de desarrollo económico no dejan de ser aspiracionales o muy difíciles de materializar.

Acá la gente lleva hablando desde siempre, las minorías han gritado desde siempre: las sexuales, las raciales, los más pobres, los menos educados, las juventudes. Un país que no se oye se convierte, como Colombia ha evidenciado, en un país violento, porque la violencia es en muchas ocasiones la desesperación del silenciado.

Oirnos sinceramente, con la intención auténtica de crear las confianzas que potencien estrategias de crecimiento compartido, es mucho mejor que dispararnos. Por eso hace tanto daño proclamar públicamente conversaciones entre quienes no escuchan, por eso es contraproducente prometer espacios de construcción colectiva que se establecen solo para legitimar posiciones hegemónicas preestablecidas.

A Colombia le hacen falta oídos dispuestos y le sobran los micrófonos. Este país requiere activar y sincerar las conversaciones relevantes, lo cual es imposible sin reconocer el disenso como una herramienta potente en la construcción de un futuro viable.

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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