viernes 05 de julio de 2019 - 12:00 AM

Pena máxima

Ponerle a una vida el precio pírrico de tres puntos es solo comprensible en un país de hordas cavernícolas que pierden la razón por el fútbol
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Columna de
Santiago Gómez

Cobrar penaltis desde la comodidad del sofá de la casa será siempre mucho más fácil que hacerlo en un estadio a reventar durante un torneo continental. Definir, a posteriori, la lista de cinco jugadores que deberían haber pateado los tiros decisivos durante el partido del viernes pasado es una tontería. Pensar que un cobro de Zapata en lugar del de Tesillo indefectiblemente hubiera sido gol, es ingenuo. Sin embargo, todos estos comportamientos, por absurdos que parezcan vistos con la distancia requerida y la cabeza ya fría por el paso del tiempo, son naturales. Los hinchas no suelen ser racionales, pues generalmente es la pasión la que determina su adhesión a una bandera o a un club. Incluso, los sentimientos nacionales o nacionalistas tampoco suelen estar soportados en condiciones derivadas de la razón y sí más bien del sentimiento.

Pero si pronosticar en retrospectiva, uno de los comportamientos nacionales más comunes –y no solo en el fútbol sino también en política- es un acto inútil pero natural, el volver a la época de las amenazas de muerte públicas a jugadores por el hecho de no acertar en decisiones y acciones futbolísticas es un sinsentido sintomático de lo que le sucede al país.

En Colombia, donde árbitros han sido asesinados por sus decisiones, los miembros de barras bravas defienden a cuchillo la irracionalidad del amor ciego por un escudo o un color, en donde las redes se inundaron de amenazas contra el turco que lesionó a Falcao antes del mundial de Brasil o en el que murió acribillado un ídolo nacional como Andrés Escobar, volver a la época en la que se amedranta a un jugador como Tesillo por fallar un penalti, sin importar lo decisivo que este haya sido, es una alarma que no debemos pasar por alto.

Ni el fútbol merece una muerte más, ni el país resiste otra locura de esas. Ponerle a una vida el precio pírrico de tres puntos es solo comprensible en un país de hordas cavernícolas que pierden la razón por el fútbol, que termina sacando lo peor y lo mejor de Colombia como país.

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