viernes 25 de marzo de 2022 - 12:00 AM

Santiago Gómez

Valor


La historia de América Latina sería otra si hubiéramos tenido más McFields y menos lacayos de poderes que aspiran a disfrazar el totalitarismo de democracia.
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Columna de
Santiago Gómez

Arturo McFields, embajador de Nicaragua ante la OEA, renunció ayer luego de denunciar al gobierno que representaba, en cabeza de Daniel Ortega, como una dictadura. Todo ocurrió en una reunión del Consejo Permanente. Argumentando públicamente que no se puede defender lo indefendible, atacó directamente al gobierno que inmediatamente emitió un comunicado indicando que el funcionario no los representa y que su voz no validaba ninguna posición oficial. “Seguir guardando silencio es imposible”, sentenció, a la vez que manifestó temor por su seguridad y la de su familia.

Este hecho sin precedentes no deja de sorprender y causar admiración en la sociedad internacional. Sin considerar derechas o izquierdas, los regímenes de extremos totalitarios ceden tradicionalmente a la tentación de limitar la expresión de sus opositores e incluso eliminar mediante fuerzas oscuras a líderes de la oposición. Lo que hizo McFields fue una denuncia valiente que evidenció una responsabilidad política sobresaliente y poco común entre funcionarios de regímenes de este tipo que, por lo general, callan a cambio de mantener sus posiciones de poder privilegiado. Este acto revela además una brutal y extraordinaria capacidad de autocrítica y una claridad moral sin muchos precedentes en el continente. La historia de América Latina sería otra si hubiéramos tenido más McFields y menos lacayos de poderes que aspiran a disfrazar el totalitarismo de democracia.

Los funcionarios públicos en estas situaciones difíciles tienen dos opciones: callar y sacrificar su rol de representación ciudadana a cambio de riqueza y poder, o renunciar y desligarse de prácticas que cuestionan los preceptos básicos de la democracia. En este continente, el silencio ha sido la opción preferida y la compra de conciencias la estrategia que los gobernantes han elegido preferencialmente para silenciar las críticas de quienes, perteneciendo al aparato estatal, levantan la voz para intentar corregir el rumbo.

Sé de muchos que en Colombia queriendo hacerlo, no tienen el valor moral y la transparencia de hacer algo como hizo McFields. La connivencia con los entuertos, los abusos y la intención de perpetuar los beneficios para pocos son el común denominador de nuestras democracias enfermas. Algo debe cambiar muy pronto.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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