Publicado por: Sergio Rangel
Esta frase de origen español y mozárabe se usaba para significar algo que era muy antiguo. La enjalma, para los que no estuvieron relacionados con el campo, es una especie de almohada que se le acomoda a las bestias de carga antes de colocarle las angarillas de madera, para que no lastime el costillar. Pues bien. Desde los años posteriores a la guerra de independencia Colombia quedó con una enjalma, lo que se ha llamado “la deuda externa”. Dineros adeudados a países Europeos como Francia e Inglaterra, solicitados para comprar armas y sostener la guerra. Disuelta la Gran Colombia, los tres países, Venezuela, Ecuador y Colombia, de manera aproximada a su extensión asumieron la deuda. Bolívar y Santander en voz baja criticaron la labor de Zea, por los excesivos intereses y otros gastos superfluos en aquella diligencia con los banqueros Europeos. Amenazas de invasiones que en muchos casos fueron reales, fondeando fragatas con disparos al aire, aún por deudas privadas con los bancos Europeos. La deuda crecía como espuma y los intereses crecían de manera extravagante. Han pasado los años y repetidas refinanciaciones sin que los tenedores de bonos ni el gobierno Colombiano llegue a una negociación de pago total. Uno de los intentos más importantes fue el de José de Francisco Martín, en el mandato del Presidente Ospina Rodríguez, para cancelar la deuda a los tenedores de bonos, y se llegara a una posible negociación por tierras baldías.
Hoy llegamos a la situación en donde el tema del cambio climático, nos da la oportunidad de que los países desarrollados condonen la deuda externa a cambio de la conservación rigurosa de nuestros bosques, páramos, ríos y mares, para bien de la humanidad. Los intereses y capital que se dejen de pagar irían a un fondo multinacional que asegure su reinversión en lo que se ha llamado el “derecho real de superficie”.
Se necesitaría un habilidoso negociante. Pero tenemos como presidente a un “águilan” implume, que “espanta las gallinas”, no cumple citas, va en contravía de lo que quiere el mundo, como camorrero de barriada, debilitó la seguridad jurídica, y en un año de gobierno llegamos a las 300 mil hectáreas de cultivos ilícitos. Según el reciente censo, Colombia tiene 3,8 millones de hectáreas con vocación forestal. Increíble que no se logre negociar la deuda simplemente a cambio de conservar los bosques. Claro está, con rigurosa vigilancia e intervención internacional, ya que duele decirlo, Colombia es la más grande mafia del mundo. ( Lineamientos para este artículo de escritos de Roberto Junguito)











