domingo 26 de octubre de 2008 - 10:00 AM

Algo sobre la felicidad

Cuando escribo esta columna siempre  espero a alguien. Orlando Cancelado quiere filmar los viñedos de Zapatoca. También me anuncia visita Alfredo Valek  para seguir hablando del cultivo de Inchi y de los proyectos en el Magdalena Medio y Acacías. El veterinario Iván Rueda quiere comprar unos camuros.

Federico mi hijo llega con América su mujer a ver un potro. Una mujercita del campo ofrece en la puerta unas gallinas. Otra ofrece arepas con chicharrones que garantizan un infarto seguro. Deberían tener en la etiqueta la dirección de cardiólogo Toto Chávez. Así que habrá que teclear rápido y enviarle lo que resulte a María Duarte, la paloma mensajera de Vanguardia.

Todos aquí en Fuente Ovejuna están felices con el artículo que escribió Jaime Liévano sobre su experiencia en Zapatoca, el pueblo al que no había querido venir. Jaime será el próximo Ministro de Agricultura, es el hombre que en Colombia tiene la fórmula práctica de hacer agricultura rentable  sin atropellos. Leo con interés sus artículos sobre los temas del campo; es diferente leerlo a él, que a los teorizantes de escritorio, un hombre de que se ha untado las botas de barro. Jaime Liévano describe un pueblo feliz.

La verdad es que este es un pueblo que está un poco loco. Quizás a eso se deba el aire de despreocupación y de felicidad que el visitante observa en su gente. Ayer no más me topé una señora que pastoreaba un caballo  por las calles. Aquí no existe prado en ninguna parte, menos en las calles. Me contó que se lo ganó en una rifa. Cuatro millones o el caballo. Ella prefirió el caballo. Siempre soñó galopar desnuda como Lady Godiva.

Ahora pastorea su sueño por las tiendas en donde las almas caritativas le  largan un roscón y el caballo  se relame agradecido pensando en  el  buen corazón de los zapatocas. Alguien me dijo que le parecía aburrido vivir aquí, las calles solitarias, demasiado silencio. Sí, es posible. Cuando llegué aquí me aburrí. Pero una noche, pasado de copas, en una calle solitaria azotada por el viento gélido que venía de la serranía, alguien me tocó el hombro.

El whisky que dieron donde Armando Serrano era estampillado, no podía ser la causa de mi alucinación. Un hombre con el sombrero calado que no dejaba verle los ojos me dijo: le regalo un revólver, un legítimo Smith 38 Largo, usted lo debe necesitar. No gracias, le dije, hace tiempo  le di el adiós a las armas. Me fui pensando que ese fantasma era Geo Von Lenguerke. Regresé sobre mis pasos para  invitarlo a unas copas más a mi casa. Ya no pude encontrarlo. Aquí solamente he encontrado un hombre triste.

Estaba sentado en el café. Me pareció inmensamente triste. Le pregunté ¿por qué su tristeza? Me dijo que él siempre había sido un hombre tiste. Cuando me casé mi mujer me permitió  beber todo lo que quisiera, desde entonces he sido un hombre triste, dijo. Luego, en tono casi de secreto me sopló al oído: le vendo un 38 largo. Supuse que era el fantasma pero ahora me lo estaba vendiendo. Smith o Colt, le pregunté. No, Lee, un blue jean Lee americano. Véngase a vivir a los altos de Gachaneque en un pueblo que duerme todavía con las puertas abiertas, porque el único ladrón se fue.

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