domingo 19 de octubre de 2008 - 10:00 AM

Carrera de caballos

Un día llegó a Oiba el gitano López con unos caballos. El no era gitano, pero de  su mamá decían, se arropó con un  gitano que de vez en cuando llegaban a vender mulas y pailas de cobre;

de ahí  quizás su pinta calé y su afición por los equinos. También  era ventajosito. Como estábamos ese día en el parque con mi primo Jaime, nos dijo que le cuidáramos los caballos. Él se fue a beber a una cantina sin importarle si  tendrían sed. Sacamos entonces a las escondidas dos cajas de cerveza del depósito de mi tío Horacio y se las vaciamos en unos baldes con unos mejorales por si más adelante les dolía la cabeza. Todos orinaron al unísono y un torrente de orines de caballo bajó por la calle como si hubiese habido un repentino aguacero.  No solamente eso, sino que unos a otros se cogieron luego a  patadas. Recuerdos grabados en lo más remoto de mi inconciente.

En las noches, horribles pesadillas toda vía me atormentan.  Soy un caballo que arrastra una pesada carreta y cuando relincho mi mujer me despierta de un almohadazo. Esa fijación por los caballos hizo que todos los domingos fuera al hipódromo en donde otro primo  vendía las apuestas. Me observaba por la  diminuta ventanilla, decía, váyale  todo a Torpedo, gana esta tarde.

Sus ojillos achinados tras las gafas de alambre parecían caérsele al suelo cuando le reclamaba  el por qué su ganador  llegaba tan retrasado, a veinte cuerpos del vencedor. Respondía, tal vez comió demasiado, esa es la vida, perder o ganar,  desocupe la ventanilla, el siguiente. Sin dinero para el transporte regresaba a casa al galope. Así fue siempre hasta que decidí llevar una bicicleta. Cuando me la robaron no volví más. Ni al hipódromo ni a apostar, hasta que una vez estando en Providencia, caminando alrededor de la Isla un domingo, percibí un penetrante olor a orines de caballo. Caminé hasta donde me llevó el olor.

Vi desde en un claro que un grupo de nativos en una gran algarabía corrían sus caballos en la playa y apostaban. Me senté cerca  de quienes miraban las carreras y un negro inmenso y gordo de cabeza rapada con un collar repleto de dientes humanos y de tigre, a quien todos le decían capitán, haciendo abanico con unos dólares se dirigió a mí en inglés: ¿are you going to bet to faster horse?  De mi pantaloneta saqué un billete de mil pesos y se lo mostré. Yo no quería apostar, quería mostrarle que no tenía sino esos mil pesos. Desde allá los dólares me olieron a orines de caballo. Van, mil dólares contra sus miserables mil pesos, escoja caballo, dijo riéndose.

Escogí caballo, el peor, también quería seguirles la broma. El jinete tan desgarbado como el animal o peor. Dieron la largada y el mío quedó rezagado. De pronto el muchacho viendo la carrera perdida y para hacer una payasada se acostó hacia atrás sobre el lomo del animal. Al dar la cabeza con el anca el caballo se asustó, pasó adelante y entró vencedor. La playa  fue un rugido y luego se hizo el silencio. Todos estaban pendientes del capitán, quien sin mirarme desde lejos me tiró los mil dólares. Me trajeron el caballo y lo compré, le llené un balde con veinte cervezas Heineken y la gente se rió a carcajadas.

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