domingo 26 de noviembre de 2023 - 12:00 AM

Sergio Rangel

El día que me encontré al Diablo

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Columna de
Sergio Rangel

Él estaba sentado sobre una piedra a la orilla del camino. Había marchado varias horas bajo la lluvia, resbalando a cada rato en el horroroso barrizal en que se convirtió lo que había sido un buen camino. De pronto estaba ahí, trajeado de tal manera, que pensé sería el presentador de un circo extraviado en aquellas lejanías. Vestía un impecable frac, levita negra y pantalón gris a rayas, un sombrero hongo, ajustado de lado le cubría la cabeza dejando ver parte de su cabello entrecano; el color de la piel indefinible y lo que no puedo olvidar, el brillo intenso de sus ojos negrisimos, que parecían ubicados atrás de las cuencas, como si portara sobre su rostro una máscara. Las piernas larguísimas cruzadas, balanceándolas en impaciente espera, terminaban no en pezuña sino en unos delgados pies calzados por relucientes zapatos de charol, que desde lejos me encandilaron con su brillo.

Contrastaba con su elegancia una gallina negra que sostenía bajo el brazo, acariciándole la cabeza de cuando en cuando con su mano huesuda, en la que se notaba un gran anillo de diamantes. -Camina de prisa señor Vargas, me dijo sin saludarme mientras me acercaba. Percibí el olor de una exquisita loción que me hizo dudar en un principio fuese el diablo, pero confirmé que era él, el propio patas, por las pelusillas negras de la punta de un semipelado rabo que asomaba por la bota del pantalón. -Escapé a toda prisa, pensando que quizás el diablo había aparecido por silbar en un camino solitario, sabía que no se debía hacer, tontamente lo olvidé, ahora tenía una deuda con don Sata que no era cualquier deuda.

-Nos fuimos a dormir y en el momento de abrazarnos, inexplicablemente, la gallina apareció dentro de las cobijas cacareando, puso inmediatamente un pequeño huevo de oro, que aumentaba su brillo en la blancura de la sábana: -Es un milagro, es un milagro, seremos ricos, gritaba alborozada mi mujer, dejarás esa estúpida profesión de topógrafo. -Micaela al siguiente día vendió la joya en la primera compraventa; repleta de paquetes llegó de la calle y jadeante se tiró sobre al sofá, diciéndome: -¡No la matarías como en el cuento de la gallina de los huevos de oro!: -No podría ser tan imbécil. Micaela y yo terminamos cacareando a su alrededor esperando la postura. Todo fue inútil, jamás volvió a poner, ni hizo el menor intento de acurrucarse. Un día mientras cacareaba y le arrastraba mis brazos como alas de gallo, la gallina desapareció de su nidal en un remolino de viento y plumas. Al instante timbró el teléfono, era él. -¡El alma de su mujer o la gallina! -dijo, con voz cavernosa que me puso helado, colgando inmediatamente el hijoputa. Creo que después volvió por su alma, porque un día desapareció Micaela, con todas sus cosas sin dejar rastro.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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