domingo 26 de abril de 2020 - 12:00 AM

Hubo una vez un Estado

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Columna de
Sergio Rangel

La carretera era muy angosta. En la última casa que visité me dijeron que caminara y que algún bus de línea me recogería. Hacía rato caminaba en aquella vía que se angostaba para desaparecer en la selva. Truenos y luego gruesos goterones de lluvia. Un caminito daba a un rancho y la brasa del fogón lo iluminaba. Me dirigí hacia allí decidido a pasar la noche. Una vieja desgreñada con un camisón raído y mugroso salió a los ladridos de los perros. Dijo: - Usted es un forastero, aquí no son bienvenidos. - Vengo a escampar el chaparrón mientras pasa el bus. - Hace muchos años por aquí no pasan buses, si quiere escampe en el corredor. Si no le molesta yo voy a comer, no tengo ni agua para ofrecerle - Sacó una olla y se dispuso a raspar la pega del arroz qué pasó con agua de panela. – Ni café tengo, las matas se crecieron y no echan nada. Usted parece de otro planeta. Así se vestía mi marido. Fue una vez a San Vicente, vendió una cabra, se compró unas botas así de caucho y una cachucha, a mí me regaló las alpargatas y el sombreo roto de él. Era medio “malparido”, pero yo creo que era por lo pobres. Yo lo quería. Lo mataron una noche, lo enterré, con las botas y la cachucha, debería ir bien presentado a donde llegara, al cielo o al infierno. Mañana le muestro, le sembré un jardín – Eso fue todo. La vieja trajo un cuero de vaca en el que me tendí a pasar la noche. De madrugada aclarando, al salir, una voz desde el “zarzo” me dijo. – Si se lo topa, dígale que estoy preparando el viaje. – Y los perros ladraban.

Lo que relato me sucedió hace 60 años (1959), estando en vacaciones de bachillerato acepté una convocatoria como empadronador para un censo agropecuario. Me correspondió SanVicente, El Carmen (Placitas). No niego que siempre me ha gustado la aventura. Repasé la tragedia del campo. Gente descuajando montaña, siembras de arroz secano, plátano, cacao, café. Aparece la muerte, enfermedades que desgranaban las familias como una mazorca. Violencia, falsos mesías predicando el odio. Sudor y lágrimas. Y cada cual ejerce su oficio.

El Estado crece como una gusanera. Impuestos. El “Parlamento” pesa como una montaña, políticos en oficios deshonestos. Ministerios innecesarios, cultura, deportes, trabajo, nada de eso se logra entre escritorios. Superintendencias que son una reja contra el desarrollo. Nadie abrirá o cerrará una puerta, les cortaron las manos y las piernas, andan en ‘audis’, ‘mercedes’, nubes de guardaespaldas, aduladores y mozas. No más ejércitos de ladrones y pedigüeños. La pandemia enseñará que la teoría del Estado es otra y su función es otra.

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