domingo 21 de diciembre de 2008 - 10:00 AM

La copa palpitante

Ahora que comienzo otra batalla contra los pájaros que huyen del frío en el Norte y llegan en bandadas a saborear las uvas maduras de nuestro viñedo, viene a mí la figura de mi padrino Lisandro Franco. No creo que haya existido un hombre que desplumase más pájaros a escopetazos que él.

Notario en Oiba, la importancia, además de su figura impecable, radicaba en  su reloj de leontina por el que se ajustaba el de la iglesia y todos los demás. Mucho antes de la hora Gaviria, mi padrino Lisandro ya en Oiba, cuando no existían radiodifusoras y las noticias se recibían por telégrafo, decidió adelantar la hora del crepúsculo con el objeto de salir más temprano de la oficina, tomar la escopeta Bernardelli, sin importarle que las chicharras no hubiesen empezado su sonsonete  y aterrorizar las  bandadas de tórtolas y calandrias  a balazos.

El, mi padrino Lisandro, en su guerra con los pájaros, en un bosque plagado de ojos, se topó un día una copa de arcilla, una copa de boca ancha como un  cáliz, él me la mostró, la pata era delgada y corta. No  interpretó nada de ella, simplemente era otro de los tantos trabajos de alfarería de los indios Poibas. Ese día la lanzó al aire como un disco de competencia y la pulverizó de un disparo calibre 12 sin poder impedírselo. Me hubiese gustado poseerla como un talismán. Muchos años después volví a ver la misma copa dibujada en un papel extendido sobre una mesa de café.

El novelista y Antropólogo Jaime Álvarez la estudiaba, la copió de un museo de figuras precolombinas Guanes. Esta es la copa sagrada del sacrificio Guane, me dijo. De ahí en adelante no habló sino él, se extendió, por cien tintos, en la teoría del origen mexicano de los Guanes. Infinidad de palabras comenzadas por Gua, Guadalajara, Guanajuato, guazábara, Guapotá, Guatiguará. Viajaron los Guanes  a través de Centro América y llegaron por bosques y desiertos a refugiarse en lo más recóndito de una topografía arisca peinada por los vientos, para en la soledad  rendir tributo a sus dioses y estudiar  las matemáticas y la aplicación en la astronomía. Además los Guanes eran antropófagos.

Esa copa que usted ve en el papel y que su padrino Lisandro volvió mierda de un tiro, era la copa sagrada del sacrificio Guane. Un elegido se sacrificaba, se le extraía el corazón, depositado en la copa, palpitaba por unos minutos más y se dejaba a la intemperie para que el Dios Sol bebiera su sangre, luego trasmutado en gallinazo llevaba los restos al firmamento. Claro que todo esto será materia de un nuevo libro sobre la sabiduría de los Guanes, raza exterminada. ¿Cuál conquista? Si esto fue una cruzada, una cruzada como las tantas que emprendió la cristiandad al recate de los lugares santos, una degollina que duró siglos a nombre del Dios verdadero.

Volvamos a la copa. La copa no se tomaba de la pata sino por el borde como beber en totuma, para beber la sangre. En ese momento se descubrió el cero, los índices y pulgares de las manos unidos representaron el cero. Y se guardó como el más preciado conocimiento matemático. Entonces, en una  figura de rombos los Guanes, un criptograma endemoniado, cifraron el calendario solar, el lunar, y el de los 260 días descubierto en Nazca. El Loro Álvarez ya ronco de  hablar suspendió para irse al almuerzo.

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