domingo 02 de agosto de 2020 - 12:00 AM

Martín Sombra

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Columna de
Sergio Rangel

Recibí un libro virtual de mi amigo filósofo e ingeniero Roque Julio Alfonso, ‘La lucha por la dignidad. Teoría de la felicidad política’, autor: José Antonio Marina. Al leer el prólogo en donde el autor comienza con un relato dantesco, tuve la intención de borrarlo. Lo advierto aquí, porque quiero citar esa introducción y puede impresionar a muchas personas. “...En Sierra Leona, los guerrilleros cortan la mano derecha de los habitantes de una aldea antes de retirarse. Una niña que está muy contenta porque ha aprendido a escribir, pide que le corten la izquierda para poder seguir haciéndolo. En respuesta un guerrillero le amputa las dos”.

“En Bosnia. Unos soldados violan a una mujer. Ella deja su bebé en el suelo mientras ellos la abusan. El bebé llora. Un soldado le corta la cabeza al niño y se lo entrega. (New York Times 13/12/1992)”

Estos horribles relatos de crueldades derivadas de ideas políticas o de ambiciones de poder, son iguales o peores en Colombia. Uno no sabe si esa barbarie se debe a una falta de evolución genética, al clima, a la desnutrición, o a la ignorancia. Lo peor, adquieren caracteres casi risibles cuando a los jóvenes, generación de idiotas útiles de hoy se les cuenta que, ‘Desquite’, monstruo de nuestra violencia partidista, asesina en una carretera al Presidente del Conservatorio de Música del Tolima, creyendo que se trataba del Presidente del Directorio Conservador del Tolima.

Fui nombrado defensor de oficio en un proceso, del que no había presos. Hojas amarillentas e ilegibles por el paso del tiempo y perforaciones de polillas. El fiscal hizo una brillante exposición de aquel hecho macabro. En las noches en que leía el expediente, la mente se me nubló de pánico e incredulidad. Resumo el hecho así. Hombres armados llegan a un caserío. Decapitan a un número de habitantes y cortan sus cabezas organizando un partido de futbol. Cada vez que la cabeza deformada no rueda hacen un recambio de pelota. No cito lugar, fecha, color político, pero un relato parecido encontré quizás en el libro “La violencia en Colombia”, autores Eduardo Umaña Luna, Fals Borda y Monseñor Guzmán.

¿Y qué sucede con la violencia de la paz? A Martín Sombra, la JEP lo premió con los privilegios de Santrich, $42 millones, escoltas, 2 camionetas. Él afirma haber luchado por la “dignidad y la libertad”. Si me encuentro a “Sombra” a las 12 del día en una calle, del susto caigo como fulminado por un rayo. Valdría entonces la pregunta de Borges. ¿Se borró para siempre el surco que dejaba el arado de Caín?

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