sábado 10 de septiembre de 2022 - 12:00 AM

Lecciones desde Chile

El pasado domingo los chilenos se manifestaron decididamente en contra del texto constitucional aprobado por la Convención Constituyente. ¿Por qué ocurrió este resultado y qué lecciones se pueden derivar de este proceso?

Primero, vale la pena recordar las causas del proceso constituyente. En octubre de 2019 cientos de miles de personas se unieron a múltiples actos de protestas que ocurrieron en todo el territorio y perduraron por meses. La fallida respuesta del gobierno, la fuerza pública, y los líderes de los partidos retroalimentó el ciclo de protesta.

En Chile sucedió algo similar a lo que ocurrió en Colombia en el 2019 y 2021 pero a mayor escala. La capacidad de los partidos políticos de canalizar y expresar el descontento ciudadano quedó en ruinas. La gente no quería que los “políticos de siempre” procesaran el conflicto. Por eso surgió la creación de una nueva constitución como la mejor –y tal vez la única- salida a la crisis. Una que fuera redactada por los ciudadanos y movimientos sociales, y no por los políticos elegidos en el congreso. El 64% de los elegidos para redactar la constitución fueron independientes, mientras que apenas 11% provenían de los partidos políticos.

En las negociaciones que siguieron, los chilenos se inventaron unos novedosos seguros de vida para bajar un poco el riesgo de un salto al vacío. El primer seguro fue el plebiscito de entrada, con el que los chilenos debían decidir si sí querían o no cambiar la constitución. El segundo decía que para que una norma fuera incluida en la constitución, debía ser aprobada por dos tercios de los convencionales. Esto garantizaría que se excluyeran medidas radicales en las que no hubiera consenso. El tercer seguro consistió en el plebiscito de salida con el que la gente aprobaría o rechazaría el texto producido por los convencionales. A diferencia de las votaciones anteriores, esta tendría carácter obligatorio, de forma que el nuevo texto fuera impregnado de legitimidad, o fuera descartado.

Y con una mayoría aplastante, los chilenos descartaron el texto. Son múltiples las razones del resultado. Dos de ellas: salió muy costosa la percepción de falta de seriedad de los convencionales (algunos fueron disfrazados e hicieron monerías durante las sesiones); y ciertas medidas aprobadas –como la plurinacionalidad- era rechazada por la mayoría de los chilenos.

Pero en términos macro, los tres seguros pusieron a los convencionales en una difícil situación: debían inventar un texto que cambiara lo suficiente el estado de cosas como para merecer una nueva constitución, pero al mismo tiempo no cambiarlo tanto como para poder pasar el requisito de las dos terceras partes y el plebiscito de salida. La misión de la Convención Constituyente necesitaba una buena dosis de malabarismo. Pero se ha demostrado una y otra vez que para estas maniobras se necesitan políticos. Es decir, personal profesional experto en negociar, llegar a acuerdos, alcanzar consensos, y vender a la ciudadanía el orden deseado.

Desafortunadamente, el proceso del que emergió la convención estuvo impreso de una profunda antipolítica que excluyó al personal que provenía de los partidos representados en el congreso. Y ésta es para mí la lección más importante de la constitución fallida. Sin la participación de los políticos es muy difícil construir ese orden deseado que una a personas con visiones de sociedad profundamente diferentes.

Silvia Otero BAHAMÓN
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