Publicidad

Simón José Ortiz
Jueves 14 de diciembre de 2023 - 12:00 PM

A través de dos libros viejos

Compartir
Imprimir
Comentarios

En Ana Karenina se dice que las familias felices se parecen todas entre sí mientras que las infelices lo son cada una a su manera. De las filosofías, por el contrario, no se podría decir lo mismo. Y no se puede porque ambas, las filosofías felices y las filosofías infelices, lo son cada una a su manera y a su modo.

En el jardín de la Iglesia Católica se cultivan flores hermosas y a él podemos entrar siempre como Chesterton, quitándonos con devoción el sombrero, nunca la cabeza. Ahora bien, al César lo que es del César: la Iglesia fue la principal responsable del desprestigio del epicureísmo, una de esas filosofías singularmente felices del pasado.

Los buenos pero severos jardineros cristianos (Lactancio, Jerónimo, Agustín, Ambrosio) miraron con recelo a estos filósofos entre otras razones porque en el jardín pagano se cultivaban flores de un clima muy contrario al suyo y al de su santo oficio.

En efecto, en el jardín de Epicuro no se creyó ni en el poder de sacerdotes y oraciones, ni en que la sabiduría estaba relacionada con la práctica ascética antes que con un hedonismo prudente y previsorio. Los dioses, de existir, no se ocupaban de nosotros, y la naturaleza era una cosa increada que perpetuamente se veía renovada por medio de la combinación de sus átomos.

Desde luego, ninguna de estas ideas cabía en el horizonte de la cristiandad y, para bien o para mal, el recuerdo de los epicúreos permaneció sepultado casi por completo hasta que un hecho aparentemente casual sucedió, después del cual la mente occidental se sacudió como nunca.

En 1450 fueron recuperados dos libros que le dieron un giro a todo: manuscritos de las Vidas, de Diógenes, y del De rerum natura de Lucrecio, aparecieron en Constantinopla, y gracias a ese redescubrimiento el conocimiento del epicureísmo pasó de depender de lo que sus críticos decían para, en su lugar, depender de lo que nos contaban un transmisor neutral y uno apologeta.

Hoy podemos ver cómo un hecho aparentemente casual cambió por completo el curso de Occidente. En estas ideas, antiguas y novedosas a la vez, la mente occidental encontró el combustible que le hacía falta para acabar de impulsar su ciencia experimental, sus nuevas morales y sus disruptivas formas de entender el orden político y religioso. Era, a través de dos libros viejos, la modernidad abriéndose paso.

simon.ortizp@gmail.com

Elija a Vanguardia como su fuente de información preferida en Google Noticias aquí y únase a nuestro canal de Whastapp acá.

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día

Publicidad