viernes 01 de diciembre de 2023 - 12:00 AM

Simón José Ortiz

Aunque son escasas, las hay

Chesterton, que dejó muchas razones conocidas para estarle agradecido –la primera de ellas la invención del padre Brown–, dejó también una serie menos conocida de razones para saludarlo y recordarlo con un cariño semejante, sus biografías. Las hizo de Blake, de Stevenson, de Dickens, de Shaw, de Tomás de Aquino y, la que tengo en mente ahora, de Francisco de Asís, en la que logró captar la singular pero sencilla fuerza del fundador de la orden franciscana.

Para Francisco, cuenta Chesterton, un hombre era siempre un hombre, y tratarlo como tal era el mejor honor que podía rendirle a todo aquel con el que se cruzaba. Todos eran honrados con la misma facilidad y delicadeza delante suyo, lo que no solo significaba que sabía amarlos sino también que sabía respetarlos sin importar la máscara, el cargo o la condición que ostentaran. Era, como anota Chesterton, todo lo contrario a lo que producen los vulgares políticos de nuestra era, ante cuyos ojos los hombres y las mujeres solo somos cifras de un programa social y nombres en algún documento burocrático.

Francisco llegaba a los rincones del alma con una magia extraña pero impagable. No conquistaba a la gente con oro y pan, pues es conocido que cualquier truhan puede convertir su largueza en una red en la que enredar a los otros, ni se ganaba a la gente con su tiempo y sus atenciones, pues cualquier filántropo o burócrata pueden hacer lo mismo mientras dan muestras de su inhumana frialdad. La magia del santo, por el contrario, consistió en que nadie pudo mirarse en esos ojos pardos sin tener la certidumbre de que Francisco Bernardone se interesaba realmente por él desde la cuna hasta el sepulcro. Delante suyo, cualquiera se sentía apreciado en sí, sin consideración de su accesorio y mundanal estado. Delante suyo todos recordaban su dignidad congénita.

Aunque son escasas las hay. Son las personas que miran a todos por igual porque respetan a todos por igual. Desde el sultán de Siria hasta los ladrones de Venecia, desde el mendigo de Segovia hasta el santo Papa en Roma, todos, cuando nos miramos en los ojos de personas así, comprobamos que detrás de ellos hay alguien que nos considera y nos estima seriamente gracias a una capacidad de amor genuino, simple, casi milagroso.

Son ellos, esos corazones prodigiosos, los que realmente justifican esta vida.

simon.ortizp@gmail.com

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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