lunes 08 de agosto de 2022 - 12:00 AM

Guerra de hombres, paz de mujeres

El árbol de Colombia, como el árbol de esa historia, está muerto. Y lo peor, si eso es posible, es que lo han seguido rematando. La clase dirigente del país, corrupta hasta la médula, y los grupos armados, enloquecidos por la pólvora ideológica.

En El sacrificio (1986), la última película que grabó Tarkovsky, el protagonista cuenta una preciosa historia. Un monje plantó un árbol muerto en una ladera y le pidió a su discípulo que regara y cuidara de él. Una y otra vez el discípulo, desconcertado pero obediente, subió a regar el árbol. Unos años después, al llegar como de costumbre a la ladera, el discípulo quedó estupefacto: el árbol había revivido de alguna manera y ahora ardía en flores todo él. «La gracia de su rama verdecida» conmovía hasta el llanto, como en el poema de Machado.

El árbol de Colombia, como el árbol de esa historia, está muerto. Y lo peor, si eso es posible, es que lo han seguido rematando. La clase dirigente del país, corrupta hasta la médula, y los grupos armados, enloquecidos por la pólvora ideológica, por la gasolina de las drogas, o por la mezcla de ambas, han sido los responsables. Todos, en un espectáculo triste y bochornoso, han ido profundizando en su barbarie, demostrándose progresivamente lo bajo que podían caer, el nivel de perversidad que podían alcanzar, lo incapaces, lo ridículos, lo muy hombres que eran.

Porque sí, la guerra en Colombia, como prácticamente todas las que han sacudido a la humanidad, ha sido un asunto de hombres. Y como pasa en todos los asuntos de hombres las que han pagado los platos rotos han sido las mujeres. Como Hécuba, son ellas las que tienen que llorar ante las ruinas humeantes; como Antígona, son ellas las que tienen que dar su vida para enterrar a sus muertos.

Al árbol marchito de Colombia, mucho me temo, solo lo revivirán sus mujeres, esas que han trabajado sosteniendo la poca dignidad que nos quedaba. Las que, aunque todos los días fueran el fin del mundo, seguían sembrando manzanos en sus huertos, las que, conquistando toda una serie de derechos, consiguieron que Colombia fuera algo así como un ejemplo para el mundo, las que conservan en su corazón la experiencia del conflicto y lo cantan y lo cuentan con la esperanza de que nadie más tenga que repetirlo.

Colombia es un árbol marchito, sí. Con todo, parece que ya le asoma una flor: Francia Márquez, lideresa del Cauca, es hoy vicepresidenta.

Simón Ortiz
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