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Simón José Ortiz
Jueves 10 de noviembre de 2022 - 12:00 PM

Hacerle honor a la fama

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Nos cuentan y nos seguirán contando el cuento de que nacimos en una de las regiones más hermosas e importantes de Colombia para que vayamos hinchados de orgullo por ahí. Santander, en ese imaginario construido (que no necesariamente falso), se ha hecho sinónimo de gente aguerrida, honrada y de palabra, de potencia agrícola, riqueza natural, tenacidad política, seguridad, berraquera, cordialidad, etc.

Pero en el juego con este relato y con todos aquellos atributos, que por cierto tengo por verdaderos habiéndolos visto en gentes del campo y de la ciudad, del páramo y del pueblo, de la montaña y del río, se ha colado una trampa que no hemos sabido evitar. Se nos ha olvidado que este tipo de cosas no se hacen verdaderas porque las digamos y las repitamos como loras. Por el contrario, solo se vuelven reales cuando las hacemos una vez tras otra y cuando, diariamente, las materializamos. O mejor aún, se nos ha olvidado que no es diciendo sino haciendo como se sostiene nuestro renombre.

Santander ha jugado un papel crucial en la historia de Colombia, claro que sí, pero la pregunta que tendríamos que plantear es, ¿lo seguirá haciendo? Basta, para dudar, con ver nuestras vías: los gobernantes se han estado robando el dinero con el que se tenía que mejorar, ampliar y potenciar la infraestructura vial de la que en parte depende nuestra relevancia nacional. Santander, también, tiene una potencia agrícola envidiable, pero ¿de qué vale si nuestros gobernantes nunca han aspirado a ayudar genuinamente al campesinado? Santander tiene una riqueza natural apabullante, lo sé bien porque hasta el día de hoy sigo aprendiendo su geografía con los pies. Pero si sabíamos esto ¿cómo dejamos que, en un descarado negocio privado un clan llenara de cemento y concreto nuestro cañón y, una vez más, construyera en nuestras montañas un santísimo esperpento? ¿Y cómo hay todavía gente –aunque poca–, que defienda la minería a gran escala cerca de nuestros páramos?

Tarde o temprano, los santandereanos tenemos que darnos cuenta de que los gobernantes que hemos elegido contradicen lo que nosotros decimos ser. O encontramos una nueva dirigencia o toda nuestra grandeza quedará reducida a material de nostálgicos y prosaicos manuales de historia.

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