viernes 30 de septiembre de 2022 - 12:00 AM

Óleo sobre lienzo

El recuerdo es borroso pero grato. En un cuento de Las mil y una noches leí la historia de un hombre que caminando por el mercado de El Cairo vio exhibido en un puesto el retrato de una mujer de singular hermosura. El hombre, de inmediato, quedó cautivado, perdidamente enamorado, olvidándose su corazón de los demás deleites del mundo. Desde aquel momento solo la mujer de la pintura, esa enigmática presencia, orientaba y desorientaba su vida. Así, comenzó a indagar por la mujer –ella tenía que existir, no podía ser solo una invención de una mano inspirada–, y a preguntar dónde podía estar y sobre la forma de llegar a conocerla. Alá, como es grande y misericordioso, le facilitó el encuentro. Después de superar una serie de obstáculos el hombre llegó Bagdad y la vio a los ojos, y siendo agraciado y de noble espíritu, (y mediando Alá, que es también dadivoso), la mujer lo miró y lo correspondió.

Gabriele Münter fue una pintora berlinesa nacida en 1877. Mientras visitaba el otro día un museo de Münich me senté frente al retrato que Kandinsky le hizo a Münter (eran pareja) y sin la pasión oriental, que únicamente Alá puede inducir, pensé en lo fácil que hubiera sido para cualquiera enamorarse de ella. Lo pensé no tanto por lo hermosa, que lo era, sino por la fuerza de gravedad que ejercía la mirada. Y para mi sorpresa, un señor que pasaba por la sala le hizo el mismo comentario a sus acompañantes.

¿Cómo un retrato puede enamorar a alguien? La situación me transportó a aquel relato oriental pero también me recordó un poema que una mañana un amigo me enseñó en Bogotá. Si mal no recuerdo era de Tomás Vargas Osorio. En él el poeta decía que la mujer a la que él estaba destinado (por algún desajuste en la maquinaria de relojería cósmica) había vivido antes de que él naciera o quizás nacería después de que él muriera. Ambos amantes vivían y morían intuyéndose pero sin la dicha –y la desdicha– de llegar a conocerse. Porque, para decirlo con el cuento del comienzo, Alá, que oye las súplicas y es infinitamente generoso, también puede llegar a privarnos de las más extrañas maneras.

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