viernes 01 de septiembre de 2023 - 12:00 AM

«Polvo recién caído en el camino»

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En los últimos años, los avances de la ciencia nos han permitido esbozar por primera vez una historia de la vida en el planeta a gran escala. Y como lo recuerda el paleontólogo José María Bermúdez, a esta escala los humanos parecemos como «polvo recién caído en el camino».

Según la hipótesis científica más aceptada, los primeros homínidos evolucionaron a partir de un ancestro común hace 7 millones de años. Entre los restos más antiguos de homínidos encontrados, están el Sahelanthropus tchadensis en El Chad y el Orrorin tugenensis, en Kenia, bastante después de los cuales habrían surgido los Australopithecus.

Hace alrededor de 2.4 millones de años apareció, por su parte, el Homo habilis, que, habilidoso como era, utilizaba herramientas de piedra (lo que marca un hito en la historia evolutiva). Posteriormente, surgió el Homo erectus, que se convirtió en uno de los homínidos más ampliamente distribuidos, y quizás el primero en salir de África.

Hace 400,000 años aparecieron, a su vez, los neandertales en Eurasia, cazadores-recolectores que daban muestras de haber contado con ritos funerarios y con la capacidad para construir refugios, armas complejas, y preocuparse por sus ancianos y enfermos.

Por su parte, los Homo sapiens modernos surgieron en África hace aproximadamente 300 o 200,000 años. Ellos –nosotros– presentaban características únicas como una mandíbula menos prominente, cráneos más redondeados, una capacidad de pensamiento y comunicación inusitadas y una capacidad para tejer cultura y crear arte como nunca antes.

Para decirlo con uno de los mitos que Robert Graves recoge, estos antepasados nuestros ya eran capaces de levantar la cabeza al cielo, mirar al sol, a la luna y a las estrellas y asombrarse de su belleza y de su misterio cantando canciones y contando historias.

Hace tan solo 80 o 60.000 años, estos Homo sapiens fueron emigrando de África a otras partes del mundo. Frente a los 6 millones de años que tiene la historia de los homínidos, la de las aves tiene 150 y la de la materia vegetal que en forma de carbón impulsó la Revolución industrial, 350.

Somos, a todas luces, un parpadeo, «polvo recién caído en el camino». Y aun así, en cierto modo, no somos cualquier clase de polvo. Somos polvo de estrellas que mira a las estrellas. Y más que eso, somos, como decía Quevedo, polvo que aprendió a amar, ceniza que tiene sentido, polvo, «mas polvo enamorado».

simon.ortizp@gmail.com

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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