viernes 06 de octubre de 2023 - 12:00 AM

Simón José Ortiz

Tanto en la tierra como en el cielo

En 1867, pasando por Basilea, Dostoievski aprovechó para visitar el museo de la ciudad, en donde observó El cadáver de Cristo, compuesto tres siglos atrás por Holbein el Joven. Como han notado algunos, se trata de una obra en la que Cristo deviene moderno y «maquinal», y carece de su usual y «extraordinaria belleza». Dostoievski ve delante suyo a una figura a la que, en suma, cuesta imaginarse resucitando, lo que lo deja profundamente conmovido.

Más que la pintura en sí –que las hay menos lúgubres–, al leer sobre ella en la biografía que hace Frank de Dostoievski recordé el cambio en la mirada que ella supuso. Tras una lenta acumulación de casualidades, una nueva mentalidad estaba naciendo y, primero en el siglo de Leonardo y luego en el de Galileo, se traducía en un marcado interés tanto por el cuerpo humano como por los cuerpos celestes.

En una ocasión, María Bolaños nos proponía prestarle atención a la Italia de mediados del siglo XV, pues era allí donde, parafraseando a Montaigne, habíamos redescubierto lo «maravillosamente corporales» que éramos. Atrás quedaba la mirada medieval, para la cual el cuerpo, en el mejor de los casos, era algo plano, y en el peor, una «generación impura» y «deficiente» (en palabras de Inocencio III).

El cuerpo pasó a ocupar un lugar central dentro de la producción artística y científica renacentista, y «en cuestión de décadas» al mundo de los cuerpos planos medievales se le opuso uno de «cuerpos rotundos y terrenales». Puesto que los artistas plásticos se habían situado a la vanguardia de esta exploración, en ocasiones resultaba difícil distinguir a pintores de anatomistas.

Tal y como lo registra Passerotti, los artistas estudiaban el cuerpo humano principalmente por medio de la disección de cadáveres. Y de hecho, según Leonardo, habría sido esta práctica la que le había permitido adquirir –no sin repugnancia– un conocimiento «perfecto» de nuestro cuerpo.

Estas exploraciones transformaron para siempre a Occidente pero, a pesar de eso, los viejos buenos tiempos en que ciencia y arte trabajaban de la mano fueron sucedidos por otros en los que sus ámbitos se separaron con precisión quirúrgica. Quizás al siglo XXI le corresponda, para su dicha, desdibujar nuevamente esos límites. De otra manera no imagino cómo asimilaremos y celebraremos los sorprendentes descubrimientos que la ciencia, ahora mismo, está haciendo... tanto en la tierra como en el cielo.

simon.ortizp@gmail.com

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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