viernes 07 de julio de 2023 - 12:00 AM

Simón José Ortiz

Un asunto no tan dulce

En nuestra era, el consumo de azúcar se ha transformado en un problema de salud pública. Productos inundados de azúcares se han convertido, poco a poco, en elementos integrales de la alimentación diaria de los colombianos. Desafortunadamente, parece que al Estado no le han importado los graves efectos que una dieta alta en azúcares tiene en adultos y los aún más graves efectos que una dieta semejante tiene en menores.

Porque, en efecto, en el caso de los niños y las niñas el impacto negativo se registra peor de lo que nos imaginábamos. En un cerebro que está en desarrollo, el consumo excesivo de azúcar incide negativamente en las capacidades de aprendizaje, el rendimiento y el comportamiento, a la par que incuba y desencadena una serie de trastornos metabólicos y problemas de salud que se hacen evidentes a mediano y largo plazo, cuando los menores han crecido.

Adicional a esto, como lo recoge el Centro de estudios sobre abuso de sustancias de la Rutgers University, recientes investigaciones han comprobado que los efectos de la adicción al azúcar, la abstinencia y la recaída son similares a los de las «drogas de abuso». Con los picos y caídas de energía asociados a su consumo, para el cerebro humano el azúcar funciona de manera parecida a como lo hacen algunas drogas, esto es, estimulando radicalmente la liberación de dopamina, un neurotransmisor asociado con el sistema de recompensa cerebral. Todo esto, como es sabido, crea una sensación de placer y recompensa y lleva a potenciar el deseo de consumo, creándose una dependencia y, en caso de que el estimulante falte, experimentándose síntomas de abstinencia.

Los colegios, tanto públicos como privados, desempeñan un rol fundamental en la educación de las futuras generaciones. Por ello es inaplazable que estas instituciones promuevan decididamente hábitos alimenticios saludables y se abstengan de vender toda esa comida chatarra producida por aquellas compañías a las que, desgraciadamente, no les importa la salud de la población tanto como sus propias ganancias.

Al sacar la comida chatarra de los entornos educativos se envía el mensaje claro de que la salud de la infancia sí es una prioridad. Y al eliminar todos estos ultraprocesados de los colegios se les enseña a los niños y las niñas que cuidar de su cuerpo y tomar decisiones conscientes sobre lo que comen también es una parte esencial de su desarrollo.

simon.ortizp@gmail.com

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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