viernes 15 de septiembre de 2023 - 12:00 AM

Simón José Ortiz

Y por los demás espíritus libres también

En escritos como los de Montaigne se puede constatar cómo florecía en la Europa del siglo XVI una nueva y decidida mirada sobre el mundo. Esta mirada, como se sabe, le abrió camino al moderno Occidente y dio lugar (con sus conocidos ires y venires) a esta cultura que hoy se nos hace familiar.

Montaigne, ciertamente, no es el único ni el primero en el que esta mirada se reconoce. Con todo, para el que quiera escuchar con desparpajo, como en la conversación de un amigo, las primeras notas de esa sinfonía que todavía hoy sigue tocándose, Montaigne es un escritor irremplazable.

Justamente, esta semana se cumplían 431 años de su muerte y con aquella ocasión se volvieron a recordar sus nunca mal envejecidos Ensayos. En uno de ellos, el que dedica a la educación de los hijos, el filósofo francés da una nueva prueba de ese cambio de actitud que tan importante fue para Occidente.

En Pisa, según contaba, conoció a un buen hombre cuya medida de verdad era la conformidad de las cosas con la doctrina de Aristóteles. Así, si lo que este hombre escuchaba contradecía lo dicho por el filósofo griego, eso era rápidamente descartado como falso y desatinado.

Durante no poco tiempo las cosas se habían aprendido en Europa porque una autoridad (fuera la Biblia o Aristóteles) las legitimaba. En el mejor de los casos, el conocimiento servía para corroborar lo escrito en estos textos venerables, pero a la hora de la verdad las contradicciones siempre eran resueltas a favor de las autoridades tradicionales. Toda nueva generación, así pues, se veía condenada a repetir como una lora mojada lo mismo que las anteriores habían repetido.

Percatándose del despropósito, Montaigne sugería que se adoptara en cambio una actitud distinta: que no se le enseñara a la infancia nada por mera autoridad y que, por el contrario, se la invitara a escudriñarlo, a cuestionarlo y a mirarlo todo desde cualquier perspectiva que fuera posible.

Según agregaba, la verdad se encontraba en las vivas páginas de la naturaleza antes que en los libros, de modo que solo quien leía en su rostro, «quien se veía dentro de ella, y no solo a sí mismo, sino también como parte de un reino entero», solo ese iba a poder «estimar las cosas en su justa dimensión».

Por Montaigne salud... y por los demás espíritus libres, también.

simon.ortizp@gmail.com

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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