martes 22 de septiembre de 2009 - 10:00 AM

Silvia, la periodista

El primer recuerdo que tengo de Silvia Galvis Ramírez, fue su llegada a las instalaciones de lo que quedaba de Vanguardia Liberal, aquél lunes 16 de octubre de 1989, cuando el narcotráfico le hizo el tercer atentado al periódico.

Yo, como muchos periodistas y trabajadores de todas las áreas de Vanguardia, habíamos llegado después de que estallara la bomba, a eso de las 6 de la mañana, para saber qué había pasado, y cómo íbamos a montar periódico para el día siguiente.

Silvia entró vestida con su falda larga característica y su sencillez, nos saludó a todos y en pocos minutos, ya estábamos teniendo la primera reunión para saber qué contenidos iba a llevar Vanguardia al día siguiente.

Era el primer día de Silvia Galvis Ramírez como directora del periódico que había fundado su padre en 1919.
La edición de ese martes, contenía más que todo historias de sobrevivencia; una semblanza de los cuatro muertos que dejó la bomba, una crónica sobre la forma en que había podido salir impreso el periódico (no había luz, ni agua en las oficinas, pero la rotativa no paró de funcionar) y los daños que el atentado había causado al vecindario. De las primeras orientaciones que le oí a Silvia Galvis, era que los textos se debían centrar en la gente, contener muchos datos y contar lo mejor posible tanto lo que había ocurrido, como las investigaciones, el registro que habían hecho los periódicos mundiales sobre el evento, etc.

En la universidad, antes de entrar a Vanguardia, Silvia era un mito. No sólo por sus ácidas columnas de opinión (en Vanguardia primero y luego en El Espectador), sino por sus investigaciones periodísticas.
Una de las mejores periodistas de investigación del país y además una prolífica escritora, era quien en adelante nos iba a dirigir el trabajo diario a muchos periodistas que teníamos muy poca experiencia todavía.  Yo era periodista de la redacción política y por tanto mi contacto con Silvia era permanente.

Antes de yo conocerla, algunos políticos de la Confederación Liberal de Santander la habían caricaturizado como una femme fatale, con un pitillo en la boca y una actitud muy bohemia. Nada más lejano a la Silvia que guió mi trabajo por tres años.

Era obsesiva por la comprobación de los hechos. Había que hacer las preguntas correctas; saber de lo que se hablaba, dominar los temas que se le planteaban. Silvia fue una excelente escuela para quienes tuvimos el privilegio de ser sus alumnos en la sala de redacción.

En una ocasión, y en cubrimiento de una campaña política, cuando todavía se hacía en plaza pública (a pocas horas de la muerte de Galán), llegué después de las 7 de la noche con todo mi cubrimiento en la cabeza, en notas de cuaderno en una grabadora y con las respectivas fotografías del reportero. Pero Silvia me preguntó por lo único que no se me ocurrió preguntar en todo mi trabajo de ese día: el tipo de sangre del candidato Hernando Durán Dussán. Tuve que salir a conseguir el dato, casi llorando, con un funcionario de la secretaría de salud del departamento.

En otra ocasión, tuve que entrevistar a un personaje de la política de Santander, porque estaba siendo indagado por asuntos relacionados con el narcotráfico y el despilfarro de los aún existentes auxilios parlamentarios. Yo no llevaba grabadora, pero memoricé todo lo que me dijo y eso lo convirtió Silvia en uno de los mejores editoriales que yo haya leído sobre la corrupción política en Colombia. Me preguntaba una y otra vez, cuáles habían sido las palabras exactas que había usado el tipo y yo no dudé.

El político -que estuvo en la cárcel por el proceso 8 mil y que aún vive- dijo la siguiente perla: 'Pero cuál es el problema periodista, si todos somos corruptos'. Se lo dijo a un periodista, en desarrollo de una entrevista, por tanto luego no tuvo más que aceptar su exceso verbal.

Silvia dio muchas batallas por los derechos humanos; por volver decente a la política (tuvo alma galanista); porque los periodistas tuvieran un estatus en la sociedad. Escribió algunos de los mejores libros de investigación periodística que se hayan publicado en el país: 'Los García Márquez', Colombia Nazi, El Jefe Supremo, 'Soledad, conspiraciones y Suspiros, entre otros.

La última vez que me encontré con Silvia, fue en el aeropuerto de Bucaramanga. Iba feliz para un viaje con Sebastian y sus nietas a recibir al nieto que venía. Su papel de abuela, según me dijo en esa ocasión, era el que más satisfacciones le daba. Seguramente que sí.
Santander perdió a una de sus mejores mujeres.
Paz en su tumba.

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