sábado 26 de junio de 2021 - 12:00 AM

El camino no es el odio ni la violencia

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Columna de
Victor Castillo

El pasado 23 de junio, ante la Comisión de la Verdad se presentaron testimonios desgarradores de los execrables hechos cometidos por la Farc y otros grupos armados al margen de la ley. Esta sesión, que estuvo dirigida por el padre Francisco de Roux, se efectuó para aclarar los actos violentos ocurridos en nuestro país durante los últimos 60 años. Lo relatado trae a nuestra mente los sentimientos de impotencia, tristeza y rabia de miles de colombianos ante los secuestros perpetrados a población civil y miembros de las fuerzas armadas.

La declaración más conmovedora fue la Ingrid Betancourt, exsenadora y excandidata presidencial, que durante la campaña del 2002 fue secuestrada cuando viajaba al Caguán a realizar su proselitismo político. Ella fue vilmente utilizada como herramienta política de negociación y estuvo durante seis años y medio en cautiverio, en condiciones y penurias casi imposibles de imaginar, que terminaron con la famosa operación Jaque, durante el gobierno Uribe.

Además de relatar en forma pormenorizada todos los maltratos y vejámenes a los que fueron sometidos ella y sus demás compañeros de cautiverio, dejó en claro cómo muchos de ellos fueron asesinados a mansalva, sin ningún tipo de piedad, solo para darle gusto y sensación de poder a los comandantes guerrilleros, hoy sentados como padres de la patria, gracias a un acuerdo de paz que les dio ese premio y placer.

Al lado de otras de las víctimas y frente a los excombatienes de las Farc, Betancourt expresó vehementemente un reproche: “Debo confesar que me sorprende que nosotros de este lado del escenario estemos todos llorando, y que del otro lado del escenario no haya habido una sola lágrima”.

Quienes de alguna forma hemos estado al borde de la muerte por esta fratricida violencia política, a nombre supuestamente de los más pobres, pero que paradójicamente ha afectado en mayor medida a este grupo de la población, entendemos muy bien esa sensación de indignación y humillación que expresaron en la audiencia. Encontrarse cara a cara con sus captores y verdugos es una situación muy complicada, pero lo es más aún no sentir un arrepentimiento genuino por todo el mal causado.

Esta violación a los derechos humanos, que fue conocida y censurada en su momento por toda la comunidad nacional e internacional no la podemos borrar selectivamente de nuestra historia. Pareciera que el daño hecho a millones de personas indefensas en nuestro país no hubiera dejado enseñanza alguna. No se puede entender por qué actualmente algunos dirigentes políticos siguen alimentando ese sentimiento de odio entre los colombianos, con el único interés de sacar provecho político para acceder al poder. No fueron suficientes 60 años de guerra para entender que el camino no es el odio ni la violencia.

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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