viernes 08 de diciembre de 2023 - 12:00 AM

El Niño que timbra en nuestra puerta

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El Gobierno Nacional destinó un presupuesto de 2,2 billones de pesos para atender emergencias en Colombia, donde se han priorizado atenciones en 176 municipios por su mayor nivel de vulnerabilidad. Todo esto por cuenta del ‘Fenómeno del Niño’.

En el incesante desbalance climático de nuestro planeta, el ‘Fenómeno del Niño’ emerge como una danza caprichosa que influye en los patrones meteorológicos globales. Este fenómeno, caracterizado por el calentamiento inusual de las aguas del Océano Pacífico ecuatorial, desencadena una serie de efectos que alcanzan los rincones más remotos de la Tierra.

No tiene efectos similares en todo el planeta. En el caso de Colombia, por ejemplo, la época seca inició en diciembre y podría extenderse durante varios meses en 2024. Esto tiene efectos inmediatos en muchos aspectos como la tendencia a secar las fuentes de agua dulce. Los embalses, vitales para el abastecimiento de agua potable y la generación de energía hidroeléctrica, disminuyen drásticamente. Un 70% de la energía depende de este tipo de producción.

Su impacto directo en la agricultura es uno de los aspectos más palpables. Las lluvias escasean en algunas regiones, llevando a sequías que sofocan los campos de cultivo. Por otro lado, en otros lugares, las precipitaciones torrenciales desatan inundaciones devastadoras. Este desequilibrio climático desafía la estabilidad de la producción alimentaria mundial, afectando a los agricultores y, en última instancia, al suministro global de alimentos.

De acuerdo con datos de Fasecolda (Federación de Aseguradores Colombianos), el último fenómeno que se sintió fuerte de 2015 a 2016, generó reducciones drásticas en la producción y baja calidad de productos como maíz (-18,4 %), sorgo (-36,7 %), cebada (-41,3 %), trigo (-42,9 %) y algodón (-22,8 %).

Ante este panorama desafiante, es imperativo entender que no podemos controlar la naturaleza, pero sí moldear nuestra respuesta a estos desafíos climáticos. La clave radica en la adopción de un consumo responsable, alineado con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas.

No podemos permitirnos el lujo de malgastar el agua. Pequeños cambios en nuestros hábitos diarios, como reparar fugas y reducir el tiempo en la ducha, pueden marcar la diferencia.

Además, es esencial revisar nuestros hábitos alimentarios. Apoyar la agricultura sostenible y reducir el desperdicio de alimentos contribuye a preservar la estabilidad en la cadena de suministro alimentaria.

‘El Niño’ está timbrando en nuestras puertas y no es la simple travesura de salir corriendo. Prestemos atención.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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