O los colombianos en su gran mayoría cambian radicalmente su comportamiento en las calles o el precio a pagar será no solo con muertes, sino en la pérdida de calidad de vida al tener que salir a diario a batallar en unas vías donde imperan el caos, la violencia y la grosería
Publicado por: REDACCIÓN EDITORIAL
Tres noticias distintas sobre el tráfico en las ciudades del país, que bajo una primera mirada parecerían no estar relacionadas ya que fueron abordadas de manera separada por los medios, están, sin embargo, estrechamente ligadas entre sí.
Coincidencialmente, todas salieron publicadas el mismo día, pero el cordón umbilical que las une, no fue detallado de manera alguna.
La primera tiene que ver con una encuesta realizada entre más de tres mil conductores a lo largo y ancho de la nación, cuyo resultado principal deja una vez más un fenómeno muy claro.
En Colombia, en materia de tráfico, la culpa de cualquier incidente siempre la tienen los demás. La capacidad de autocrítica es casi nula y así quedó demostrado en el sondeo en el cual el 70% de los consultados afirmó que las infracciones de tránsito siempre las cometen "los demás", al tiempo que el 42% está seguro de que nunca hace nada indebido al volante.
Esas actitudes, no obstante, contrastan considerablemente con lo que se ve a diario y a toda hora en las calles de todas las ciudades colombianas, donde las normas de tránsito se violan por deporte y donde la agresividad y la grosería parecen ley.
Pero sobre todo, difieren tajantemente de otras informaciones como el hecho de que tan solo el mes pasado, en Bucaramanga fallecieron diez motociclistas en accidentes de tráfico, al tiempo que el 22% de quienes manejan se distraen con su teléfono celular, causando accidentes.
Comentar una vez más sobre la indisciplina y la irresponsabilidad que lamentablemente caracterizan a un altísimo número de motociclistas, hablar nuevamente de la manera en que los conductores del servicio público ignoran las normas y se comportan como si las calles les pertenecieran únicamente a ellos, o de la manera en que muchos ciudadanos dejan la amabilidad, las buenas maneras y el civismo en sus hogares cuando salen en su vehículo a las calles, parece una batalla perdida.
Sin embargo, no se puede declarar la derrota. Hay que insistirlo las veces que sea necesario. O los colombianos en su gran mayoría cambian radicalmente su comportamiento en las calles o el precio a pagar será no solo con muertes, sino en la pérdida de calidad de vida al tener que salir a diario a batallar en unas vías donde imperan el caos, la violencia y la grosería.









