Las últimas administraciones municipales nada de fundamento han hecho para darle salida al problema de los comerciantes informales.
Publicado por: Redacción Editorial
En Bucaramanga, quien en enero próximo asuma el cargo de alcalde(esa) tendrá como gran desafío (fuera de otros de gran tamaño y calado), el de desactivar esa inmensa y agresiva bomba social que se ha tomado los más importantes sectores de la ciudad: los vendedores ambulantes.
Ellos, expresión palpable de un problema no resuelto por el modelo económico imperante, el desempleo, por la misma naturaleza de su actividad, son agresivos y egoístas y con ímpetu se “adueñan” de espacios públicos y avanzan en pos de más, esparciendo en su trajinar, desorden, informalidad y muchos comportamientos irregulares que lesionan la normal vida citadina.
Las últimas administraciones municipales nada de fundamento han hecho para darle salida al problema de los comerciantes informales. Hace años, sin tino, se adquirió el edificio Fegalli para ubicar a tales comerciantes; el resultado fue desastroso pues la solución no era inteligente, ni cabían todos; años después se adquirió un amplio lote en la calle 37 entre carreras 14 y 15, se creó un centro comercial que tampoco solucionó el problema, ni ha funcionado en debida forma. Hoy, las ventas ambulantes han invadido y semitugurizado el centro de la ciudad, la parte comercial de Cabecera del Llano y dan sus primeros pasos en Cañaveral.
La alcaldía, ocasionalmente, emprende campañas sin horizonte que a poco andar abandona y el problema no solo vuelve a su estado anterior sino que crece.
En las ventas callejeras de Bucaramanga hay muchos “dolores de cabeza”: personas que “son propietarias” de varios sitios y los arriendan, o en ellos ubican a diversos miembros de su familia; comerciantes que distribuyen mercancías a primeras horas del día, desaparecen y al empezar la noche regresan a recaudar sus ganancias; reducidores de mercancías; comerciantes regulares que abren “sucursales” de sus negocios en las aceras, en fin, un pandemónium.
A las ventas ambulantes no se les debe dar soluciones policivas, pues al dejarlos instalar en las calles adquieren derechos que ampara la Constitución. La solución implica implementar políticas inteligentemente diseñadas como hizo Bogotá con el problema de las ventas ambulantes en la plaza de San Victorino. Ese es un espejo que mirar.
Además, por su agresividad y naturaleza, lo más torpe es darle al problema un tratamiento policivo. Sería el fulminante que haría estallar una inmensa bomba social de incalculables consecuencias.
El asunto ya no da más espera, exige una salida pronta pues cada día toma más fuerza, está cohonestada por políticos locales y puede desbordar la institucionalidad. En la inteligencia con que la avoque el próximo alcalde se medirá la sensatez de su programa de gobierno.










