miércoles 21 de enero de 2009 - 10:00 AM

600 mil razones para no quedarse en promesas

Que la distancia entre los anuncios que suelen hacer los gobernantes y el cumplimiento de los mismos resulta infranqueable en demasiadas oportunidades, es una de esas realidades que la opinión pública ha llegado a tolerar con resignación.

Sin embargo, existen temas en los cuales el incumplimiento de las promesas oficiales sería extremadamente grave. Sobre todo, en situaciones como la que precisamente se le presenta por estos días al Gobierno Nacional.

Tal como lo anunciaron los medios de comunicación estos días, durante el último año en Colombia se perdieron 600 mil empleos. Es decir que cientos de miles de familias se quedaron sin ingresos o en el menor de los casos, vieron cómo se les disminuyeron de manera significativa.

Ante la pérdida masiva de puestos de trabajo debida en gran medida a la crisis económica que no ha dejado rincón del planeta sin golpear, el Ministerio de Hacienda anunció un plan de choque que, hay que decirlo, según la teoría económica, suena como el adecuado.

Sin embargo, no se puede desconocer que lamentablemente en este país existen factores que con facilidad pueden distorsionar cualquier proyecto o idea por bien que esté concebido.

Sí, el ministro Óscar Iván Zuluaga afirmó que se destinarán 5,5 billones de pesos para infraestructura, obras que ayudarían al desarrollo del país y a su vez demandarían intensamente mano de obra en su construcción. No obstante, la realidad nacional no se ha cansado de demostrar que las buenas intenciones muchas veces se quedan precisamente en eso, en meras intenciones, por cuenta de la ineficiencia, los avivatos, la corrupción y la burocracia.

De hecho, para probar ese punto es suficiente con hacer un balance de lo que ha sido el famoso Plan 2500 en lo que a la construcción de carreteras para Santander se refiere.

Además, es necesario recordar que del tipo de puestos que se creen, dependerá también el desempeño de la economía. Las nóminas paralelas y los contratos de prestación de servicios para ociosos, a las que son tan propensos quienes manejan los destinos públicos, jamás le darán a la economía nacional la misma productividad que los que se crean para generar obras y desarrollo.    

Así las cosas, ni el Ministro pero sobre todo la nación entera, se pueden dar el lujo de que el plan para atacar el desempleo creciente, fracase. Que llegue a caer en los laberintos de la inoperancia o en manos de quienes viven más interesados en incrementar ilegalmente su patrimonio, que en proteger a los más vulnerables de lo que se les viene encima. En pocas palabras, es demasiado lo que está en juego.

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