jueves 01 de abril de 2010 - 10:00 AM

Días de reflexión

Entre hoy y el próximo domingo (de gloria en los rituales de Semana Santa) Colombia e Iberoamérica cambian su ritmo habitual de actividad. Debido al proceso de poblamiento de sus tierras bajo la dirección, administración y los parámetros definidos por la Corona Española, este subcontinente entró a formar parte de la cristiandad y durante los últimos cinco siglos ha sido bastión fundamental en el mapa de la fe y los valores que hace dos mil años predicó un humilde hombre de Nazaret, Jesús, cuya pasión y muerte se conmemoran en estas fechas.

Uno de los mensajes que más transmiten los predicadores y atrae a los creyentes en estas celebraciones se centra en resaltar el papel de la familia en nuestra sociedad y, en esta ocasión, hechos del conflicto interno armado que vivimos destacan el hermoso  protagonismo que ella ha tenido.

Coincide esta Semana Mayor con la liberación de dos de los miembros de la Fuerza Pública que tenía secuestrados las Farc,  Pablo Emilio Moncayo y Josué Daniel Calvo y la entrega de los restos mortales de un oficial de la Policía Nacional, Julián Ernesto Guevara, fallecido cuando padecía un injusto, irregular y nefasto cautiverio en la selva.

¿Qué es lo más destacable de tales liberaciones y de la devolución de los despojos mortales del mayor Guevara? El papel de sus familias en el vía crucis que debe padecer todo secuestrado.

Gustavo Moncayo, padre de Pablo Emilio Moncayo, a quien el país  conoce como el profesor Moncayo, por su actividad docente, con amor filial, capacidad de lucha, empleo de medios pacíficos y perseverancia, logró que su hijo dejara de ser un secuestrado más y se convirtiera en un retenido emblemático. Y el profesor se transformó de adolorido padre de familia en símbolo de los progenitores que desprendidamente luchan a brazo partido por sus hijos, sin importarles los sacrificios que deban hacer.

Si algo debe destacarse en tal liberación es el papel de la familia para que ella fuera realidad.

Colombia se ha identificado con el dolor de una madre, doña Emperatriz de Guevara, quien pese a sus años, con abnegación y sobreponiéndose al dolor, en forma digna y enaltecedora pidió sin agraviar, solicitó sin ofender, que le devolvieran los despojos mortales de su sacrificado hijo. Ha actuado con altura y paciencia dignas de resaltar. Ella es el símbolo de la madre colombiana en estas calendas.

La familia Calvo es otro ejemplo. En ese núcleo familiar el padre, sin ruido, asumió el papel de padre y madre y pese a todas las dificultades que deben atravesar quienes forman parte de nuestras clases menos favorecidas por la fortuna material, logró sacar adelante a sus hijos.

Estas familias, los dramas que han vivido y sus actitudes frente al destino, deben ser enaltecidas en esta época, en la que los lazos que hay entre padres, hijos y hermanos se han visto tan golpeados por el signo de los tiempos.

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