sábado 24 de abril de 2010 - 10:00 AM

El arte de manejar las relaciones internacionales

Quien sea Canciller de un Estado Nación, tiene el deber de adoptar en cada uno de sus actos aquello que André Maurois definió como la misión de quienes dirigen las relaciones internacionales: 'ser maestro en el arte de exponer la hostilidad con cortesía, la indiferencia con interés, la amistad con prudencia'.

Tal concepto pone de relieve que orientar las relaciones exteriores es el arte de promover los intereses nacionales con tacto, ejercitando la persuasión y la mesura para que se logre permanentemente avanzar en el diálogo y la negociación entre naciones.

Desafortunadamente en el manejo de las relaciones internacionales entre Colombia, Venezuela y Ecuador, en los últimos años lo anterior ha brillado por su ausencia principalmente por parte de los dos vecinos y por eso han caído en el abismo de los fracasos diplomáticos, esos que según los tratadistas de la diplomacia, abren las puertas a la guerra. No olvidemos que para la teoría de las Relaciones Exteriores a la guerra llegan los Estados por no tener capacidad para hacer un buen trabajo en materia de diplomacia.

En días pasados el país vivió un gran fiasco diplomático producto de juicios ligeros del ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, Jaime Bermúdez, quien por actuar sin previa verificación, pecó al creer que era cierta una mera especulación, quedando nuestro país en una situación inconveniente frente a un vecino incómodo, quien es la antítesis de la diplomacia y las buenas maneras.

Efectivamente, ante una noticia no cierta que señalaba que en un poblado venezolano, al otro lado del río Arauca, se había erigido una estatua en homenaje a 'Manuel Marulanda' o 'Tirofijo', nuestro Canciller hizo comentarios descomedidos que en boca de un ciudadano no son censurables pero que viniendo de quien dirige las relaciones exteriores, no han debido pronunciarse. Poco después se demostró que lo informado no era cierto, pero ya sus comentarios habían sido dichos y las expresiones orales, cual las flechas, no pueden devolverse en su recorrido.

Olvidó el Canciller Bermúdez que como ministro de Relaciones Exteriores debe tener paciencia, buen carácter y verificar cada palabra antes de expresarla, pues es el jefe de nuestra diplomacia y el diplomático es un agente de paz y no un ave de guerra.

Se sabe que un ministro de Relaciones Exteriores no solo debe seguir las directivas del gobierno en las materias y asuntos a él encomendados, sino saber traducirlos en buenas palabras y expresarlos en lenguaje cortés.

Desafortunadamente las relaciones entre los tres países que están llamados a seguir siendo por siempre vecinos, están en uno de los peores momentos de su historia porque se está procediendo en ellas más conforme a la emoción y los intereses coyunturales domésticos que con dimensión histórica, más para entusiasmar a la galería que para el porvenir. Ojalá las cosas tengan un mejor mañana.

 

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