jueves 17 de junio de 2021 - 12:00 AM

El atentado en Cúcuta explotó también cualquier nueva posibilidad de diálogo

Luego de este suceso se aleja a distancia insalvable cualquier posibilidad de diálogo tendiente a lograr un acuerdo de paz entre este Gobierno y la última guerrilla que queda en pie en Colombia.
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El martes pasado, en Cúcuta, volvió el país a sufrir el impacto de un carro bomba que, al igual que el último, ocurrido en la Escuela de cadetes de Policía General Santander de Bogotá, en enero de 2019, explotó en una instalación militar y, como lo aseguró el comandante de las Fuerzas Militares, tiene también como principal sospechoso de su autoría a la guerrilla del Eln, específicamente, según el militar, al Frente de Guerra Urbano Nacional del Eln, cuyo cabecilla es alias ‘Julián’ o el ‘Rolo’.

Este acto es a todas luces repudiable. Nos regresa como país a una Colombia que pensamos superada.

La explosión dejó 36 heridos, algunos de ellos de gravedad, y agudiza una situación de enfrentamiento que desde hace años se da en Norte de Santander y particularmente en el Catatumbo, donde confluyen muchos de los principales problemas del país: narcotráfico, bandas delincuenciales y corrupción.

De confirmarse la responsabilidad del acto terrorista del martes en el Eln, tendríamos que esa guerrilla habría golpeado de esta cruenta manera al actual gobierno, a pocos meses de su llegada y a algo más de un año de su culminación.

El presidente fue categórico en su reacción al hecho, voló ese mismo día a la Brigada 30 de Cúcuta y anunció investigaciones inmediatas, incluso con cooperación internacional, recompensa en dinero por información y dedicación de la inteligencia y operativos de las Fuerzas Militares al establecimiento claro de la identidad de los autores intelectuales y materiales, además de su aprehensión y condena por parte de la justicia, todo lo cual en realidad debe ocurrir y debe suceder en el menor tiempo posible, porque ante un hecho de guerra como este, la respuesta del Estado debe ser clara, rápida y contundente, puesto que el atentado en sí es un acto criminal, pero el hecho de haber ocurrido dentro de una instalación militar es, además, una afrenta.

Luego de este suceso, queda el país entonces frente a dos circunstancias claras: la necesidad imperiosa del éxito en la persecución y castigo a los responsables y la certeza de que nuevamente se aleja a distancia insalvable cualquier posibilidad de diálogo tendiente a lograr un acuerdo de paz entre este Gobierno y la última guerrilla que queda en pie en Colombia.

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