viernes 05 de marzo de 2010 - 10:00 AM

El conflicto del transporte público urbano

Está en la cresta de la ola, a pocos días de elecciones para Congreso de la República, una crisis en el transporte público colectivo en varias ciudades, ocurriendo los hechos más graves en Bogotá.

Las inenarrables dificultades que cada habitante de la capital de la República ha debido salvar en estos días para tratar de cumplir a cabalidad con sus actividades laborales y familiares, ponen de presente lo mucho que incide en la vida contemporánea el transporte público urbano y lo decisivo que él es en el sosiego colectivo.

El mundo del transporte público urbano está lleno de intereses económicos y de gestos de poder encontrados. Los empresarios de este renglón de la economía son hoy un poderoso grupo de presión que define muchas cosas en los más encumbrados escenarios del poder político y económico del país.

Al hombre de la calle le es difícil de entre la gran hojarasca de argumentos en pro y en contra del movimiento, sacar aquellos elementos que le permitan establecer a cabalidad qué es lo que hay detrás del conflicto y qué es lo que realmente pretenden tanto sus voceros, como sus  impulsores y cerebros.

Pero más allá de todo eso, hay verdades de a puño. Sobresalen entre ellas el que el sistema de transporte público de nuestras ciudades, aquel que prestan las tradicionales empresas de buses urbanos, se anquilosó, es inadecuado, ineficaz, veja a sus usuarios, atesta las vías de buses que circulan semivacíos, violando a diestra y siniestra fundamentales normas de Circulación, obstaculizando el tránsito de los automotores.

Como una alternativa a él surgió el llamado Sistema Integrado de Transporte Masivo, ese que en Bogotá se denomina Transmilenio y en Bucaramanga Metrolínea. Sistema que es más racional y es una realidad en nuestros días.

En el fondo del problema que esta semana ha generado tantas dificultades en Bogotá está el torpedear a Transmilenio, el ponerle zancadilla para que haga crisis y lograr que las cosas vuelvan atrás, cuando destartalados buses transportaban pasajeros sin consideración alguna, en criticables condiciones de seguridad y aseo.

El servicio de transporte no es propiedad privada. Es del Estado y ha sido dado en explotación a empresarios particulares, aquellos que a veces olvidan que respecto de él tienen un título precario y que por encima de sus intereses particulares está el interés colectivo.

Imprescindible que se sacudan las alfombras que esconden verdades incómodas que hay en torno al transporte público urbano y que en cada ciudad al problema no se le añadan lunares locales tales como la mala difusión colectiva de las nuevas formas de transporte masivo de pasajeros, hecho que ha permitido que en diversos lugares y sectores haya inconformidad con los cambios ocurridos.

 

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