jueves 01 de octubre de 2020 - 12:00 AM

El debate presidencial en Estados Unidos mostró la peor cara de la democracia

Al final quedó una profunda preocupación de cómo desaparece en el mundo la posibilidad de debatir y se abre paso sin limitaciones una forma de hacer política que recurre a la agresión, la vulgaridad y las mentiras como estrategia...
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En lo que es una calificación casi unánime en el mundo, se ha considerado el debate presidencial del martes pasado entre Donald Trump y Joe Biden como el peor en la historia de este formato en Estados Unidos. Las acusaciones sin fundamento, los agravios permanentes, las burlas y la carencia casi absoluta de claridad en el aspecto programático dejaron una sensación de hastío y desilusión, que dominó casi por completo tanto las notas de los expertos en los medios masivos, como las reacciones espontáneas en las redes sociales.

Acosado por la reciente publicación de sus declaraciones de impuestos de los últimos años, hecha por The New York Times el pasado fin de semana, el presidente Trump llegaba al debate con una fuerte presión de la opinión nacional, que pensaba que ese sería el escenario en el que oiría alguna explicación, bien porque el mismo mandatario lo hiciera, o porque Joe Biden sacara a flote su evidente conducta evasora. Pero esto no ocurrió, tal vez porque Biden quiso guardar esa arma para más adelante, pero, sobre todo, porque Donald Trump los llevó, a su rival y al moderador al caos total del encuentro.

Trump se concentró en irrespetar el uso de la palabra de su rival, desautorizar y desobedecer las recomendaciones del moderador, incluso violar el acuerdo que se había hecho con su campaña de que no tendría un comportamiento caprichoso y violento como el que tuvo hace cuatro años con Hillary Clinton. Al final el debate presidencial, que antes se reconocía por ser un espacio serio, sereno, profundo, para exponer las líneas ideológicas y programáticas de los candidatos en cercanías a la elección, se convirtió en una confrontación densa, opaca, sin norte, que solo sirvió para profundizar la división nacional, estimular la pugnacidad, dejar velados mensajes de odio y sembrar el temor sobre su desconocimiento de los resultados electorales en caso de perder la reelección. Joe Biden intentó poner sindéresis en el debate, pero entró en el juego frente a la actitud persistentemente pendenciera de su rival, lo que lo llevó a perder la compostura y a llamarlo “payaso”.

Al final quedó una profunda preocupación de cómo desaparece en el mundo la posibilidad de debatir y de enfrentar posiciones distintas en el ámbito de una sana discusión, y se abre paso sin limitaciones una forma de hacer política que recurre a la agresión, la vulgaridad, el irrespeto y las mentiras repetidas como estrategia de campaña. Y ver a la democracia más fuerte del mundo sumida en esta crisis es una muestra de lo profundo que ha llegado este discruso de odio.

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