viernes 23 de octubre de 2009 - 10:00 AM

El país necesita reglas electorales claras

Colombia, día a día, se sumerge en una difícil campaña electoral. El norte del país durante los siete meses que siguen, girará en torno a la política, a las candidaturas a los cuerpos legislativos y a la Presidencia de la República. Cada hecho que pasa pone en evidencia, además, que esta es  la más pasional campaña que de tal tipo haya habido en el país desde 1950.

Efectivamente, desde hace 60 años los espíritus no habían estado tan radicalizados en derredor a la idea de quién será el ungido a la primera magistratura de la Nación.

La naturaleza del colombiano es pasional y en esta oportunidad las circunstancias han hecho que los sentimientos y el ardor pesen más que el sosiego al analizar las propuestas políticas y aquello que es más conveniente para el futuro del país.

El entusiasmo por una u otra idea está trocando en furor y empiezan a aflorar síntomas de fanatismo al defender esta o aquella causa.

Por eso ahora es más necesario que nunca establecer reglas electorales claras para que las tensiones no se tornen en pasión y ningún sector se sienta huérfano de garantías. Es imperativo que  en los espíritus no solo haya el ánimo de hacer las cosas con transparencia, sino que sea evidente ante los ojos del mundo que en el debate electoral prima ella.

La opinión pública mundial vive alerta en materia de noticias electorales y a tal nivel tiene gran eco cualquier asomo de inclinación o preferencia oficial en torno a éste o aquel candidato. Por eso es una necesidad perentoria sentar desde ahora reglas de transparencia que resalten ante propios y extraños que estamos viviendo una civilizada y democrática campaña electoral.

Episodios como el ocurrido el sábado pasado en el más reciente de los Consejos Comunales que ha presidido el Primer Mandatario, no deben volver a ocurrir.

En el pasado el país ha vivido campañas electorales a las que nadie ha podido borrarles el halo de falta de honestidad. En el imaginario popular tuvieron mácula. ¿No arrastran acaso las elecciones de 1950 y las de 1970 un tufo de pasión, de falta de garantías y claridad? ¿No permitieron ellas que la epidermis de la Nación  se cubriera de un torbellino de pasiones y odios que hoy, 60 y 40 años después, no hemos podido superar? ¿Para qué lesionar el alma del país durante gran parte de lo que sigue del siglo XXI? ¿Acaso olvidamos que en Colombia esas heridas no cicatrizan?

Las circunstancias exigen actitudes y comportamientos prístinos. Oigamos las voces que reclaman sosiego y medidas tomadas oportunamente para que no se desaten torbellinos que nos causarán inmenso daño.

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