lunes 17 de noviembre de 2008 - 10:00 AM

El Pastorcito mentiroso

Seguramente muchos de nuestros lectores -por no decir todos- recordarán el cuento del pastorcito que varias veces dio falsas alarmas sobre la presencia del lobo y cuando finalmente el feroz animal se presentó, nadie acudió en su auxilio. Otro tanto está ocurriendo con el alto gobierno en cuanto a la invocación de los estados de excepción.

Si bien la huelga del poder judicial y el derrumbe de las 'pirámides' no son problemas de poca monta y con ellos se altera la buena marcha del país, no constituyen plena justificación para acudir a medidas extremas que están diseñadas para situaciones excepcionales y que no deben ser desgastadas irresponsablemente, so pena de caer en la inoperancia o, lo que es peor, servir para la acumulación incontrolada de poder.

Al paso que vamos no habrá ninguna diferencia con aquellas épocas en que vivíamos bajo la vigencia permanente del artículo 121 -Estado de Sitio- y en las que Colombia se convirtió en una nación estructuralmente anormal.

Nefastas fueron las consecuencias de tal práctica, ya que el estado de ánimo de los mandatarios, sus afectos o animadversiones, o su particular conveniencia, eran los faros orientadores de las grandes decisiones que afectaban a todo un país. Si siguiéramos transitando por tal pendiente no sería de extrañar que 'el gustico' fuera prohibido antes de los 21 años de edad o que el descenso del Atlético Bucaramanga obligara a tomar medidas extraordinarias y de trascendencia nacional.

Superando el nivel de las conjeturas ligeras, la situación de interinidad que vive Colombia es a todas luces anómala y puede estar disimulando una manifestación más del apetito incontrolado de poder que tiene el presidente Uribe, toda vez que coincidencialmente se presenta cuando ha existido improvidencia de parte de los agentes estatales y cuando ya están desbordados los cauces naturales.

El hecho de apelar a la Conmoción Interior y a la Emergencia Económica, con las cuales el poder queda totalmente focalizado en el primer mandatario y la división de poderes pasa a ser una figura nominal, se convierte en una evidencia de que cualquier circunstancia sirve como pretexto para avanzar cada vez más en el usufructo del poder, puesto que, según el primer mandatario, se 'están defendiendo los más altos intereses de la nación'.

¿Cómo puede calificarse un régimen en el cual gran parte de las leyes son promulgadas por el ejecutivo, el poder judicial depende fundamentalmente de las decisiones gubernamentales y la oposición resulta estigmatizada como simpatizante del terrorismo por cualquier manifestación suya que resulte discrepante de los enfoques oficiales?

No debemos admitir que lo normal sea vivir en un estado de excepción y lo extraordinario y raro sea disfrutar de la normalidad.

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