lunes 18 de enero de 2010 - 10:00 AM

Haití

Occidente mira perplejo la tragedia en que se sume Haití. Busca dar la mano para aliviar el desastre, pero no hay quien la tome como punto de apoyo y ayuda. El drama del momento son los hecatómbicos efectos de un terremoto que en días pasados sacudió su suelo. Pero este no es el único fenómeno de la naturaleza que ha arremetido contra esa parte de la Isla La Española pues recurrentemente los huracanes que azotan el Caribe dejan su siniestra huella en Haití.

Y a ello se suma una terrible enfermedad política que comenzó el 1° de enero de 1804, cuando Haití declaró su independencia del dominio francés y fue nombrado como Gobernador General Vitalicio Jean Jacques Dessalines, luchador por la libertad del país, quien poco después se proclamó Emperador. En ese momento comienza una pandemia que ha impedido que esa república (con la que Colombia y las naciones Bolivarianas  tienen una histórica deuda de gratitud por la ayuda prestada al Libertador Simón Bolívar en 1815 por el entonces Presidente, general Alexandre Pétion) haya podido gozar de una vida independiente que asegurara su progreso y desarrollo armónico: el caudillismo. Este anidó en el suelo haitiano y hoy, 206 años después, sigue sentado a horcajadas sobre tal pueblo.

Haití es hoy tierra de nadie. Es un país sin instituciones que sean respetadas y defendidas por sus nacionales, sumido en el atraso económico, político, educativo, social, de salubridad pública y de todo orden, en el que la única fuerza que logra imponer parcialmente orden y luchar por la reorganización de las instituciones, es la ONU. El resto es el caos que ha quedado tras las aventuras caudillistas, habiendo sido las últimas las de Duvalier padre, Nené Duvalier y ese fiasco que resultó ser Jean Baptiste Aristide.

Un terremoto destruyó a Haití en días pasados pero reconstruir al país, brindar la ayuda humanitaria que necesitan sus habitantes, es un imposible físico por el caos en que lo sumió el caudillismo.

¿Por qué? Porque la principal secuela del caudillismo es el desmoronamiento de las instituciones y a renglón seguido, cuando por una u otra causa el caudillo cesa en sus funciones, el país se sume en la anarquía porque el hombre fuerte es la única fuente de las instituciones y al desaparecer se lleva la fuerza, la capacidad de convocatoria, el aparato gubernativo, todo. Y lo que sigue es el caos.

A todo país que opta por el caudillismo la historia le cobra una fuerte cuota de atraso pues el hombre es pasajero y las instituciones son las que permanecen; la esencia del caudillismo es la inversión de ello, es pretender que el hombre es lo fundamental y las instituciones son inferiores y se deben adaptar al caudillo.

Todos estos países deberían mirarse en el espejo de Haití antes de lanzarse con entusiasmo a la charca del caudillismo, como lo hacen hoy en Iberoamérica Venezuela, Bolivia y varias naciones más.

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