jueves 08 de abril de 2021 - 12:00 AM

La autoridad de los alféreces de tránsito debe restablecerse

preocupante porque demuestra, de una parte, que los agentes de tránsito están corriendo un riesgo real en el cumplimiento de su deber y de otra parte, porque esto es consecuencia, al menos en parte, de la manera como estos servidores han perdido credibilidad y respeto por parte de la ciudadanía.
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Cerca de 80 agresiones contra los alféreces de tránsito en los últimos años, cuando no debió haber ocurrido una sola, es una cifra escandalosa y preocupante. Escandalosa, porque muestra nuestra permanente tendencia a responder con violencia a las situaciones que nos incomodan; y preocupante porque demuestra, de una parte, que los agentes de tránsito están corriendo un riesgo real en el cumplimiento de su deber y de otra parte, porque esto es consecuencia, al menos en parte, de la manera como estos servidores han perdido credibilidad y respeto por parte de la ciudadanía.

Según los mismos alféreces, en estos cinco años no solo se han incrementado los casos de ataques a su integridad personal, sino que la tendencia va en aumento, es decir, cada vez son más frecuentes los casos de violencia física o verbal en su contra por parte de los conductores, cuando son requeridos por cualquier razón. Esta es otra de las manifestaciones, tal vez la más peligrosa, del desprestigio de la Dirección de Tránsito de Bucaramanga que, desde hace ya varios años se ha visto largamente superada por las cada día más complejas características del tráfico en la ciudad.

La entidad ha sido sacudida permanentemente por escándalos de corrupción que han afectado tanto a los funcionarios de oficina, como a los mismos alféreces; ha sufrido la reducción en presupuesto y personal mientras el parque automotor de la ciudad crecía inusitadamente; ha demostrado concluyentemente su incapacidad de enfrentar con sus escasas herramientas un fenómeno multifacético como la piratería, por ejemplo. Esto ha hecho que hoy no cuente la entidad con el respaldo de la ciudadanía, que, en lugar de esto, ha tomado confianza en la inaceptable idea de responder a la autoridad con amenazas o agresiones directas.

Y en medio de esta grave situación, las normas se van convirtiendo en letra muerta y la autoridad en un simple rey de burlas que, dicho sea de paso, en muchos casos cae no por cuenta de un airado agresor, sino de un ciudadano ladino que termina evadiendo la onerosa multa con el módico soborno, un libreto largamente conocido que, además de lo mencionado, también ha contribuido a que lleguemos a esta situación. Es lamentable que hoy comprobemos que en medio del gigantesco problema de tránsito que soportamos, la autoridad respectiva sea el factor más débil de la fórmula, lo que nos deja la idea clara de que se requiere una acción profunda, decidida y urgente en esta materia.

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