viernes 18 de septiembre de 2009 - 10:00 AM

La hora de la diplomacia

Durante los dos últimos años el país ha presenciado, a través de los medios de comunicación, un intenso debate público en torno a importantes cuestiones del mundo de la diplomacia y con avidez ha visto y oído en directo, a través de la televisión y la radio, confrontaciones de personajes de la política en foros internacionales, como ocurrió hace más de un año en Santo Domingo, hace poco en Bariloche y esta semana en Quito.

Pero, ¿tal estilo de hacer diplomacia es atinado? No, porque en dichos escenarios las cosas se han planteado en forma totalmente inversa a cómo deben ocurrir en el marco de la diplomacia. En Bariloche y en Quito los colombianos esperaban de la delegación nacional resonantes triunfos, que ojalá fueran apabullados nuestros adversarios. Y, a la espera del aplauso público y del aumento del número de electores, fue que se planteó la estrategia para dichos foros.

Ello es un error porque la diplomacia no tiene por fin una resonante victoria, sino lograr un compromiso aceptable, viable y favorable.

¿Por qué se ha caído en tal yerro? Porque han creído los gobernantes, los comunicadores sociales y la opinión pública, equivocadamente, que la diplomacia pública puede ser exitosa, que el debate diplomático a través de los medios de comunicación es el camino al éxito y si bien es cierto que puede captar votos y mejorar puntos en las encuestas de opinión del momento, es desastroso en términos de diplomacia, pues abre la puerta a emprender aventuras en materia de política exterior, a exaltar egos y ambiciones de los protagonistas del momento político, porque implica un alto riesgo y priva al Estado de la sorpresa que es el más importante factor que hay en la filigrana diplomática.

Además, el momento actual de la diplomacia regional está teniendo como protagonistas a los políticos, quienes son de choque y buscan el aplauso de la tribuna y la diplomacia es de negociaciones que se llevan a cabo en forma privada y discreta, en las que prima el buen carácter, la paciencia, la modestia de los agentes, la certeza y precisión y el ir hacia metas específicas, prudentes.

El pasado martes desde Quito se informaba de la reunión de cancilleres y ministros de Defensa de los países de la Unasur como si estuvieran refiriéndose al resultado de un partido de fútbol, en el que hubo que contentarse con un no alentador empate, a cambio de una resonante victoria.

La diplomacia es lo contrario. Ella no es fuerza, es inteligencia y tacto, es un arte, es la ciencia de la negociación, el manejo profesional y discreto de las relaciones exteriores, es un método pacífico diseñado para mantener y estrechar las relaciones entre Estados soberanos, promover la paz y fomentar la cooperación.

Estas reflexiones deben hacerse en este momento para que no caiga el país en una azarosa aventura en materia de política exterior.       

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