miércoles 27 de noviembre de 2019 - 12:00 AM

La muerte de Dilan Cruz

El llamado es a parar ya la confrontación. Que la muerte de Dilan no sea en vano y que nos abra un nuevo camino como nación, en el que sea posible llegar a acuerdos a través del diálogo.
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Registrar la muerte del joven Dilan Cruz es registrar el relato del absurdo, del sinsentido y el dolor. Que un joven de 18 años muera producto de un disparo del Esmad cuando protestaba en las calles de Bogotá es la muestra de que las confrontaciones donde se impone la fuerza y la violencia, sin importar de donde vengan, jamás tendrán un buen final. Al tiempo que Dilan moría, también en Bogotá, Walfran Narváez, un patrullero de 27 años, se enfrentaba a la noticia de que había perdido su ojo izquierdo, producto de una pedrada que recibió en las marchas por los encapuchados.

Dilan era un joven que el pasado lunes debía estar recibiendo su grado como bachiller. Protestaba, porque no tenía los recursos para ingresar a la universidad ni cómo acceder a un crédito. Walfran es un samario humilde que encontró en la Policía la única vía de sostener a su esposa y a su hija de tres años. Ambas historias representan la vida de la gran mayoría de colombianos, personas humildes que luchan por tener una vida digna, en un país lleno de desigualdades.

¿De qué habrá servido la muerte de Dilan? Dolorosamente, es probable que de nada. ¿De qué habrá servido la agresión a Walfran y la pérdida de parte de su visión? La respuesta, tristemente, es la misma.

Al conocerse el fatal desenlace de Dilan, su hermana manifestó: “Queremos que esto que pasó con Dilan no sea para más disturbios, más violencia. Queremos que esto sea un detonante para acabar con la violencia, con todo lo malo que está pasando en este momento en el país. Lo único que también pedimos, por parte de mi familia, es paz”.

A su vez, desde el hospital, Walfren hacía un llamado: “Por mi niña y las futuras generaciones, hago un llamado a la reconciliación, a la unión, a respetarnos como personas y a valorar y respetar el don divino de la vida”.

Los colombianos tenemos que entender que la violencia, sin importar de quién venga, jamás valdrá la pena. Esta nación debe entender que existen maneras válidas de resolver las diferencias distintas a la guerra. Cinco décadas de muerte parecen habernos enceguecido y enseñado que el único lenguaje que sabemos hablar es el de la agresión y la muerte.

El llamado es a parar ya la confrontación. Que la muerte de Dilan no sea en vano y que nos abra un nuevo camino como nación, en el que sea posible llegar a acuerdos a través del diálogo.

Pedimos al presidente Iván Duque que se siente nuevamente con los promotores de las protestas a buscar salidas, pues muchos de sus reclamos son válidos. Y a su vez, pedimos a los manifestantes cesar las protestas y la confrontación, para buscar en el diálogo la salida que todo el país reclama.

Todos estamos perdiendo con esta zozobra. No podemos seguir matándonos.

editorial
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