viernes 07 de octubre de 2022 - 12:00 AM

La negociación de paz con el ELN

No sobra esperar que este Gobierno reúna en la mesa de diálogo y en el cuerpo de los acuerdos, si se llega a ellos, la representación de todas las visiones de país, a fin de que, a diferencia de las últimas experiencias, no se adelante una negociación claudicante, sino que se firme una paz que sea justa

Gobierno tras gobierno, desde hace varias décadas, los presidentes han buscado la manera de sentarse a negociar con las guerrillas u otros grupos armados, y llegar a acuerdos que nos permitan, cuando menos, disminuir el alcance devastador de este amplio ciclo de violencia que hemos vivido en Colombia. Algunos presidentes lograron llegar a ese objetivo, como es el caso de Virgilio Barco con el M-19, o Álvaro Uribe con algunos grupos de autodefensas y, claro está, Juan Manuel Santos, con las Farc, el más reciente de esos episodios.

Hoy tenemos un nuevo gobierno, el de Gustavo Petro, con un enfoque distinto del que tradicionalmente se ha tenido de este agudo tema, que es el que ha denominado la ‘Paz total’, mediante el cual ha hecho una convocatoria general a quienes participen en esta multiplicidad de formas y dinámicas violentas que vivimos en Colombia. En medio de esto, acaba de reactivarse el diálogo con el Eln que es, en la práctica, la última de las guerrillas que quedan en el país. La administración, entonces, acordó con los subversivos, no comenzar desde cero el proceso, sino reactivar las negociaciones de paz que fueron suspendidas en enero de 2019.

Evidentemente, toda mesa de diálogo con cualquiera de las guerrillas colombianas causa expectativa en la Nación entera, unos porque ven en esto una esperanza para recuperar la tranquilidad e, incluso, la posibilidad de una mejor situación económica, pero, así mismo, existen grandes sectores del país que tienen una mirada más crítica al respecto y se preocupan por pensar que de una posible búsqueda obsesiva de un acuerdo de paz, puedan derivarse compromisos inconvenientes en campos fundamentales como la política, la justicia, la economía, o también, la misma convivencia entre los colombianos.

Las experiencias pasadas nos han demostrado que, si bien puede alcanzarse el desarme, o el desmonte de una de estas organizaciones armadas, un acuerdo de paz, puede ser, a la vez, un motivo para dividir al país y profundizar, incluso, las diferencias conceptuales o ideológicas subyacentes en la sociedad, por lo que no sobra esperar que este Gobierno reúna en la mesa de diálogo y en el cuerpo de los acuerdos, si se llega a ellos, la representación de todas las visiones de país, a fin de que, a diferencia de las últimas experiencias, no se adelante una negociación claudicante, sino que se firme una paz que sea justa y, por lo tanto, unificadora de todos los colombianos.

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