jueves 25 de febrero de 2010 - 10:00 AM

La política del mal vecino

Sin duda alguna, el bochornoso incidente entre los presidentes de Colombia y Venezuela ocurrido el primer día de la Cumbre del Grupo de Río en Cancún, dejó grandes preguntas y preocupaciones no sólo al interior de las dos naciones afectadas, sino de las demás de la región, por cuanto los mandatarios se internaron demasiado en el terreno de lo personal y esto, inevitablemente, lesiona lo nacional.

Pero, como todo en la historia, los acontecimientos no están desligados de los procesos que los determinan y ya no es desconocido para nadie que Hugo Chávez llegó a México en medio de uno de los más críticos momentos de sus 11 años de gobierno. Para muchos analistas, vive una crisis estructural producto de la fatiga que ha acumulado tanto en el aspecto institucional del Estado, como en el ideológico y operativo de su propia organización política, el Partido Socialista Unido de Venezuela.

Además, Chávez llegó a la Cumbre del Grupo de Río con su imagen internacional también muy deteriorada por cuanto Venezuela afronta un desabastecimiento prolongado y creciente; a esto se ha sumado el racionamiento de servicios públicos, las intensas revueltas estudiantiles, las renuncias, hace poco más de 15 días, de cuatro ministros que eran, además, figuras claves y fundadores de su Movimiento Bolivariano y a finales de la semana pasada, el retiro del PSUV, del actual gobernador del estado Lara, Henri Falcón, además de un significativo descenso en las encuestas.

Lo más grave de todo esto, como nos consta a los colombianos, es que Chávez, a medida que se debilita en su país, aumenta su nivel de beligerancia contra el nuestro, al punto de que, al tercer día de las fuertes protestas estudiantiles, se produjo el sobrevuelo de una nave venezolana en territorio colombiano y, más aún, sobre una base militar de los Llanos. El presidente Uribe no respondió a ninguna de las provocaciones verbales ni militares originadas desde Venezuela y esa fue una actitud que el país reconoció como acertada. De hecho, logró conjurar el agravamiento de las relaciones con el país vecino.

De esta serie de directas y veladas provocaciones de Chávez hacia el Presidente y el pueblo colombiano, posiblemente con la intención de generar un conflicto fronterizo que congelara la conflictiva realidad interna, derivó el altercado de Cancún que hizo entender a los gobiernos latinoamericanos que la situación entre Colombia y Venezuela requiere atención e intervención regional. Esto llevó a la creación de una comisión de buenos oficios para mediar ante los dos presidentes. Esperemos que el trabajo de la comisión no sea simplemente retórico y que, cuando menos, se restablezca la instancia diplomática en las relaciones binacionales para que la suerte de los dos países no este sujeta a la veleidad, la vanidad y el capricho de un mandatario en apuros.

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