martes 16 de agosto de 2022 - 12:00 AM

Las motocicletas ruidosas están ganándole la batalla a la autoridad de tránsito

Tenemos aquí tres problemas que requieren solución con urgencia: el efecto nocivo para la salud de estos ruidos altamente contaminantes, la alevosía e incultura de estos motociclistas y la pasividad e incapacidad de las autoridades para ejercer un control, como corresponde a su deber.

Es innegable que el progreso trae consigo un mayor número de problemas y el crecimiento poblacional. Si no se acompaña con educación y cultura en todos los aspectos, trae también un número significativo de complicaciones y tensiones para la convivencia. Ciudades como Bucaramanga, que se quedan sin área disponible para crecer y deciden hacerlo verticalmente, sin una planeación adecuada, terminan incrementando perniciosamente el número de habitantes y de vehículos, mientras el espacio público para uso de la gente se reduce dramáticamente.

Esto lleva a que en un corto tiempo se multipliquen los lugares y motivos de conflicto entre los ciudadanos y la convivencia se lleve a extremos incontrolables para las autoridades. En Bucaramanga están ocurriendo varios de estos fenómenos simultáneamente, como pasa con el tráfico vehicular que sufre congestiones permanentes en las avenidas, autopistas y vías centrales, mientras que las zonas donde hay circulación fluida están tomadas por conductores, mayoritariamente de motocicletas, que, ante la insuficiente capacidad operativa de las autoridades, violan a su antojo las normas de tránsito. Además de agresivas caravanas en las noches y fines de semana, están varios ‘mototaxistas’ que incurren en todo tipo de maniobras peligrosas.

Entre todos esos excesos de los motociclistas, últimamente la ciudadanía está resintiéndose de quienes instalan resonadores en los tubos de escape de sus vehículos, para dejar a su paso una estela estridente, ofensiva y claramente perjudicial para la salud de muchas personas.

No hablamos de uno que otro motociclista desconsiderado o de algunos ciudadanos delicados, hablamos de un fenómeno que se llama contaminación acústica, que tiene conocidos y concretos efectos sobre la salud de las personas como sobresaltos, afectación en los estados de ánimo, aceleración del pulso, aumento de la presión arterial, dolor de cabeza y, en casos más complejos, gastritis, colitis e infartos.

¿Y si la Resolución 3.027 de 2010 dejó claro que se deben inmovilizar y multar los vehículos que tengan instalados “(...) toda clase de dispositivos o accesorios diseñados para producir ruido, tales como válvulas, resonadores (...)”, por qué la autoridad no procede, por qué se ha rendido frente al descaro de estos motociclistas y deja a la ciudadanía como víctima permanente de este evidente factor de contaminación?

Tenemos aquí tres problemas que requieren solución con urgencia: el efecto nocivo para la salud de estos ruidos altamente contaminantes, la alevosía e incultura de estos motociclistas y la pasividad e incapacidad de las autoridades para ejercer un control, como corresponde a su deber.

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