domingo 10 de enero de 2021 - 12:00 AM

Libertad de opinión sí, pero y ¿la responsabilidad?

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En un hecho sin precedentes, la plataforma tecnológica Twitter cerró la cuenta del presidente saliente de Estados Unidos, Donald Trump, tras lo ocurrido el 6 de enero, cuando una turba de sus seguidores se tomó el Capitolio, en una revuelta que dejó cinco personas muertas, más de 50 capturadas y un país profundamente dividido. La decisión de Twitter se dio tras el actuar de Trump en la red. Mientras el nuevo presidente de Estados Unidos, Joe Biden, pedía a Trump exigir a sus seguidores cesar el asalto y rechazarlo, Trump solo pidió a los asaltantes del Congreso cesar el hostigamiento horas después de iniciado e insistió en que había fraude en las elecciones, pero no rechazó el hecho. Luego, dos días después anunció en la misma red que no asistirá a la trasmisión de mando el próximo 20 de enero, algo que no ocurría hace 152 años. Tras ese mensaje, Twitter decidió cerrar la cuenta de Trump, al considerar que incitaba a la violencia.

La decisión abrió la polémica entre quienes la aplaudieron, bajo el argumento de que por fin había un control al actuar de un líder que se ha caracterizado por replicar noticias falsas y que ha llamado a la desobediencia de los resultados electorales de su país, y entre quienes consideran que se trata de un acto de censura, y limitar la libertad de expresión no puede tener cabida en una sociedad democrática.

Sin duda, la beligerancia en las redes sociales, su utilización como un vehículo de difusión masivo e inmediato de información falsa y el gran impacto que su uso ha tenido en la formación del criterio frente a temas coyunturales en todo el planeta hacen necesario e inaplazable un debate sobre el alcance y límites que deben tener las redes sociales. Es claro que no se trata ya de simples espacios lúdicos, sino de verdaderas plataformas de multiplicación de información y recolección de data, capaces de movilizar el accionar y sentir de grupos ciudadanos.

Es hora de que establezcan reglas claras tanto para los administradores de las plataformas, como para sus usuarios, de forma tal que existan límites y consecuencias frente a su uso abusivo.

El asunto no es de poca monta. Hoy, por ejemplo, uno de los grandes obstáculos frente a la vacuna contra el COVID-19 es la falsa información que se ha propagado en redes que habla de una supuesta teoría según la cual esta vacunación es una trampa de Bill Gates, para implantar un microchip y controlar la población mundial. A pesar del absurdo, la fuerza de las redes sociales ha llevado a que miles de personas crean tal información y hoy se nieguen a recibir la vacuna.

No se trata de prohibir el uso de redes, sino de exigir transparencia y límites claros a su uso. Hoy estas plataformas utilizan algoritmos que segmentan la información sin que el usuario sepa cómo, de la misma forma que utilizan los datos entregados por sus usuarios para fines comerciales. Y aunque se han hecho algunos esfuerzos por controlar la publicación de noticias falsas, estos controles aún son insuficientes.

No estamos hablando de limitar la libertad de expresión, sino de establecer reglas y sanciones claras para quienes falten a los normas de uso sano de las redes sociales.

editorial
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