viernes 24 de abril de 2009 - 10:00 AM

Los menores de edad y el delito

Varias veces este espacio editorial ha tocado los timbres de alarma pidiendo a las autoridades, los padres de familia y la comunidad en general, que actuemos sensata y urgentemente frente a un grave hecho social: las conductas censurables que están llevando a cabo menores de edad.

Sobre ese gran dolor de cabeza no solo hay que reflexionar sino, además, obrar y nadie puede pensar que está a salvo de él creyendo –con miopía- que su hogar es un castillo inmune a tan terrible drama.

Vanguardia Liberal ha dicho y corrobora que el problema es capital, la responsabilidad es colectiva y que se debe buscar una solución proporcional a la cuestión, diseñando y poniendo en ejecución masivas políticas preventivas, ya que lo correcto no es solo actuar represivamente contra muchachos que son más consecuencia de muchos de los males de nuestra nación, que causa de ellos, aunque sus actos ilícitos sí deben ser investigados por las autoridades.

Ha aflorado la delicada realidad que vive uno de los colegios más cercanos a nuestros afectos, institución que cumple una extraordinaria labor social al educar a los sectores más desprotegidos de nuestra sociedad. Por ello merece apoyo y solidaridad y no censura y estigmatización. Son muy graves las denuncias públicas que elevan padres de familia, quienes argumentan que hay execrables formas de violencia física y sicológica ejercida por alumnos en recreos, aulas de clase, servicios sanitarios, etc. Frente a ello deben actuar, a fondo y en forma radical, las directivas escolares y elevar denuncias penales ante las autoridades competentes para que tales casos no queden en la impunidad ni los jóvenes autores de tan dañosas conductas queden impunes.

Pero tal tipo de decisiones no son suficientes. El problema es consecuencia de un delicado estado de cosas en la sociedad, producto de varias concausas, sobresaliendo los hogares desechos por la separación de los padres, el abandono de los hijos por la necesidad de ambos padres de trabajar durante largas y extenuantes jornadas laborales, la dañina televisión que se está viendo en las horas de mayor audiencia, la incitación al delito que por diversos medios llega a los jóvenes en edad en que no son capaces a resistir a tales tentaciones, el ansia de los jóvenes de tener de todo, la pérdida de valores fundamentales para la construcción y supervivencia de la sociedad, etc.

Las autoridades de Bucaramanga y de los municipios de su área metropolitana tienen la obligación de diseñar y ejecutar un programa masivo de educación o el caos dominará a nuestro medio.

Aún podemos actuar y hacerlo sin egoísmo, es decir, tomando conciencia de que el problema es colectivo y que nadie es inmune al drama. Si torpemente creemos que el problema es de otros, pronto lo viviremos en el seno de nuestros propios hogares. 

 

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