sábado 04 de abril de 2020 - 12:00 AM

Los trabajadores de la salud merecen toda nuestra admiración y agradecimiento

No puede ser que se les rechace en los buses, en los taxis o en sus propios edificios o conjuntos residenciales...
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Muchos hechos para destacar han ocurrido en medio de esta pandemia y, en lo que respecta a nuestra región y ciudad, desde nuestras páginas hemos querido contarlos. En este periódico hemos destacado las donaciones que centenares de ciudadanos y empresarios han hecho, en dinero y en especie, a quienes, en estos días de confinamiento, no tienen cómo llevar alimento a sus casas y a quienes trabajan en el sector salud; hemos destacado también la unión del sector público y privado para esta misma causa y para otras que tienen que ver con la emergencia que se vive; hace poco exaltamos la labor que hacen las universidades a toda marcha, tratando de desarrollar equipo para atención de pacientes y otros aditamentos que van a necesitarse cuando la curva del contagio se eleve.

Lamentablemente, así como hemos estado atentos a levantarnos el ánimo con estas buenas acciones, hoy tenemos que ser críticos cuando lo que se manifiesta son las malas actitudes de algunos santandereanos que han expresado rechazo, conductas discriminatorias y agresiones verbales, cuando menos, a los trabajadores del área de la salud que se movilizan por el área metropolitana. Al parecer el temor a contagiarse por parte de algunos, hace que afloren las peores aristas de su personalidad y transformen en repudio lo que solamente debería ser admiración y agradecimiento, pues son precisamente estas personas quienes enfrentan cuerpo a cuerpo, por decirlo así, el peligro a enfermarse, única y exclusivamente por cumplir su juramento hipocrático, su vocación de servicio y su inclinación humanitaria.

Estos trabajadores de la salud, muchas veces en condiciones bastante desfavorables en el mundo entero, son la vanguardia del ejército científico que lucha contra el coronavirus; ellos son los que, a pesar de los horarios extendidos por muchas horas, la escasez de equipo, de implementos de protección y tantas otras adversidades, están afrontando en la primera línea la tragedia más grande que ha vivido la humanidad, al menos en los últimos 100 años. No puede ser que se les rechace en los buses, en los taxis o en sus propios edificios o conjuntos residenciales. De nuestra disciplina en el confinamiento y de las manos y las decisiones de estos médicos y demás personal de la salud, depende hoy no solo nuestro bienestar, sino la vida propia y la de nuestros hijos, padres, hermanos y familiares más queridos. De nuestra parte toda la admiración, respeto y aplauso a su labor, y el llamado a rechazar la pequeñez de esos que insisten en señalarlos.

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